Ejército Liberador del Sur (ELS) 2da parte: La semilla que no muere

En portada: Desfile del Ejército Zapatista por la calle de Madero en el Centro Histórico de la Ciudad de México, el 6 de diciembre de 1914. Foto: Archivo Casasola.

Ciudad de México

Marzo de 1911

Redacción clandestina del periódico “La Mujer Mexicana”

El humo del café se elevaba como incienso secular en la habitación atestada de papeles. Sobre el escritorio de Dolores, entre montañas de periódicos, manuscritos con correcciones y manifiestos —incluido el borrador del "Plan Político y Social de Tacubaya" que ella misma redactaba—, un mimeógrafo en reposo parecía un animal cansado. En sus manos sostenía una carta de Ricardo Flores Magón, llegada desde una cárcel en Los Ángeles. Junto a ella, una taza de café colado y un pan de elote casi intacto daban testimonio de horas de reflexión silenciosa.

En la mesa, Elisa —más joven, con el fuego de quien acaba de salir de prisión— leía en voz baja un pasaje:

"La tierra no es mercancía, hermana. Es el cuerpo de la patria. Y lo han cercenado."

Dolores Jiménez y Muro.

Dolores asintió sin levantar la vista de sus propios apuntes. Su archivo mental —esa biblioteca íntima de citas, estadísticas agrarias y rostros de campesinas despojadas— se ordenaba en silencio antes de cada línea que escribía. Dolores Jiménez y Muro era su nombre completo, una ideóloga radical que llevaba décadas de lucha a cuestas. Sus manos ya conocían el peso de la pluma y el rigor de la cárcel porfirista. No era una joven fogosa, sino una mujer madura de convicciones templadas en el exilio intelectual y el activismo clandestino.

—Ricardo tiene razón en el diagnóstico— murmuró Dolores, pasando los dedos por las arrugas de su frente—. Pero el magonismo grita desde el exilio. Necesita un ejército que le dé peso a sus palabras. Necesita surcos, no solo periódicos.

—¿Y dónde está ese ejército? — preguntó Elisa, dejando la carta sobre la mesa. 

Dolores miró por la ventana hacia el sur, como si pudiera ver más allá de los volcanes.

—En algún lugar donde la injusticia no sea teoría, sino hambre diaria. Donde el Plan de San Luis de Madero se lea y se diga: 'Esto no basta'.

El general Emiliano Zapata, tras leer sus escritos en La Mujer Mexicana y el Plan Político y Social de Tacubaya —donde ella exigía, desde 1911, la devolución de tierras a los campesinos, jornada de ocho horas y salarios iguales para mujeres—, mandó llamarla. No era una invitación, era un reconocimiento.

Dolores Jiménez y Muro junto a Villa y Zapata durante la toma de la ciudad de México en 1914.

En un jacal de Tlaltizapán, el humo ya no era de café, sino de leña húmeda. Dolores, con su vestido negro y su cabello recogido en un moño severo, parecía una maestra rural llegada a dar la lección más importante de su vida. Frente a ella, Zapata, con su bigote recortado y ojos que habían visto demasiado, la observaba sin prisa.

—Doña Dolores— dijo él, sin preámbulos—. Usted escribió que la tierra debe volver a quien la suda. Yo solo sé que queremos de vuelta nuestras tierras. Ayúdeme a que no solo lo entienda mi gente, sino que lo lea y tema el que nos la robó.

Ella no bajó la mirada. A sus 65 años, no había viajado en tren varias horas, luego en carreta, luego a lomo de mula por caminos de tierra, para repetir consignas.

—General, yo no vendo ilusiones. El Plan de Ayala es buen principio, pero una revolución que no escribe su propia historia, la escriben los que la vencen. Usted tiene los machetes. Yo le ofrezco mi pluma: para que la insurgencia no se pierda en la historia.

Zapata sonrió, un gesto breve que no llegaba a los ojos.

—Entonces escriba. Pero escriba como si cada letra fuera un grano de maíz para los que vienen atrás. 

En los meses que siguieron, su pluma ya trabajaba sobre el surco de la revolución: redactó decretos de restitución de tierras que Zapata firmaba, afinó proclamas para El Suriano, y fue hilvanando, argumento a argumento, el tejido ideológico que daría peso a la rebelión. No era una espectadora; era la arquitecta de la palabra insurgente, preparando el terreno para que, cuando llegara el momento, el grito del surco tuviera un eco que sacudiera al país.Y ese momento llegó en 1914, con el zapatismo en su apogeo y recién aliado de Villa, Dolores Jiménez y Muro redactó el poderoso "Manifiesto a la Nación". Con la mano experta de quien había militado con los Flores Magón y el corazón encendido por la causa agraria, se convirtió en la voz teórica del zapatismo. Allí, las ideas magonistas de justicia social se fundían con la demanda concreta de tierra de los pueblos de Morelos. Sus palabras no informaban; forjaban el sentido político de la rebelión. Dieron marco teórico y peso histórico al grito del surco, transformando la insurrección agraria en un contra-proyecto de nación.

En Julio de 1914 (o principios de 1915 en algunas fuentes), la Junta Revolucionaria del Centro y Sur (el Zapatismo) publica el "Manifiesto a la Nación".

Sus palabras no informaban; forjaban un nuevo sentido común, uno donde "Tierra y Libertad" no fuera un grito, sino el cimiento mismo de un mundo por nacer. El documento abordaba el rechazo al liberalismo maderista, la centralidad de la tierra, y la idea de que la Revolución debía ser social, no solo política, exigiendo la restitución de tierras y bosques, y planteando una visión social más amplia. Dolores canalizó las ideas magonistas hacia el movimiento agrario más potente del país. 

El aire en el taller olía a tinta fresca, a sudor y a papel húmedo. Elisa Acuña y Rossetti con el rostro juvenil surcado de polvo y determinación, empujó un mechón de pelo rebelde con el dorso de la muñeca, dejando una mancha azul junto a su sien. En sus manos, una prueba de prensa de El Suriano.

—¡Más grande el titular, Rafa! —gritó hacia el operario de la prensa de pedal—. Que lo lean hasta los que pasen corriendo. «CARTA A LOS PUEBLOS SITIADOS». Así.

Dolores, desde un rincón donde revisaba un manifiesto, alzó la vista.

—¿Sitiados por el hambre o por los cañones, Elisa?

—Por los dos —respondió Elisa, sin apartar los ojos de la hoja—. Pero el hambre duele más. Si esta hoja llega a Yautepec, es un saco de maíz menos que tendrán que robarles.

Corrigió una coma con un lápiz rojo, su arma más afilada. Cada artículo era un cartucho de ideas, cada proclama, una granada de moral. Pasó una hoja volante a una muchacha que esperaba en la puerta, los ojos brillantes de urgencia. —A Tlalquitenango. Dile a Juan que lo lea en la plaza, aunque llueva. La verdad también pierde la guerra si llega tarde.

Mientras, en otro frente de papel, Juana Belén Gutiérrez de Mendoza escribiendo la insurgencia desde las páginas de Vesper, en Guanajuato. No eran artículos; eran vendavales anarquistas. Una tarde, un emisario zapatista, polvoriento y con un escapulario de la Virgen morena, entregó un ejemplar a Dolores. —La maestra Juana Belén manda esto. Dice que es para que no olvidemos que nuestros surcos son parte de un río más grande.

Dolores leyó en voz baja un pasaje subrayado con rabia: «No les pedimos libertad al patrón. Se la arrancamos, como se arranca el maíz a la tierra que es ya nuestra.» Sonrió, un gesto cansado pero cálido.

—Dile a la maestra —dijo al mensajero— que aquí, en el sur, sus palabras son semilla que ya echó raíz. Que seguimos escribiendo, pero también sembrando.

Y tras los nombres conocidos, en la penumbra de los talleres zapatistas, trabajaban las anónimas de la imprenta: maestras rurales, esposas insurgentes, jóvenes letradas. Eran las manos que materializaban la palabra —transcribiendo discursos, redactando boletines, traduciendo manifiestos al náhuatl para que el Plan de Ayala hablara a los abuelos en su propia lengua.

El Ejército Libertador del Sur (ELS), sabiendo que no podía confiar en la prensa capitalina que los pintaba como hordas, construyó su propia catedral de papel. Periódicos como El Suriano, Reforma o Libertad y Justicia se imprimían donde se pudiera: hoy en una hacienda tomada, mañana en una cueva. Pero el formato más puro seguían siendo los manifiestos: hojas sueltas que se clavaban en las alcaldías incendiadas o se guardaban junto al escapulario, puente entre la letra y el pueblo analfabeto pero sabio.

A esta trinchera de tinta se sumaron intelectuales de ciudad como Antonio Díaz Soto y Gama, Paulino Martínez y Manuel Palafox. Juntos, hombres y mujeres pulieron el discurso, le dieron armadura jurídica y voz clara al grito de la tierra. Pero por más elocuente que sonara la proclama, la esencia seguía brotando de la raíz más honda: “La tierra es de quien la trabaja.”

Esta red de letras rebeldes fue tan vital como cualquier victoria militar. Mientras el ELS defendía la tierra con el machete, ellos defendían su significado con la pluma. Aseguraron que cada “¡Tierra y Libertad!” no fuera solo un grito, sino un legado escrito, sembrado para siempre en la conciencia de un pueblo que, por fin, había aprendido a nombrar su hambre y su derecho.

El Plan de Ayala no fue solo un papel. Fue el acta de nacimiento de un gobierno en armas. Mientras Madero trataba de gobernar desde Palacio Nacional y caía asesinado a pocas calles de allí, en la Decena Trágica de febrero de 1913, en los montes de Morelos, Puebla y Guerrero, el Ejército Libertador del Sur (ELS) dejaba de ser una guerrilla para convertirse en un territorio liberado.

Su cuartel general ya no era un escondite, sino Tlaltizapán, luego Huatla, pueblos donde se administraba justicia agraria. Zapata, con su sombrero de ala ancha y su bigote recortado, firmaba decretos entre gallos y fusiles: «Que se le restituya al pueblo de Anenecuilco las tierras de la Hacienda del Hospital…». 

Los generales del ELS no eran militares de academia. Eran hombres de la tierra que ahora comandaban regimientos. Eufemio Zapata, bravo y leal, tomaba Yautepec. Genovevo de la O, un viejo conocido de los caminos, se batía en el Estado de México, quemando la fábrica de papel de Chalco para asfixiar a la capital. Amador Salazar, el hombre que se levantó en Yautepec, y Francisco Mendoza, desde Izúcar de Matamoros, tejían la resistencia en Puebla. Más al sur, en la Costa Chica de Guerrero, Jesús Salgado y Julián Blanco alzaban a los pueblos mixtecos y tlapanecos. Para el ELS su fe era su arsenal: escapularios de la Virgen de Guadalupe colgaban junto a las cananas repletas.

La guerra se hizo feroz. Contra el usurpador Victoriano Huerta (1913-1914), el ELS libró una campaña de desgaste. Quemaban los cañaverales que alimentaban a los hacendados porfiristas, descarrilaban trenes cargados de azúcar —y a veces de tropas—, volaban puentes con dinamita robada de las minas. 

La dinamita, así como las armas y el calzado, era robado. Y para eso había organización. Un hombre, de entre algunos otros mineros con la causa Zapatista, que antes había picado piedra en Taxco, guiaba a un grupo de cinco hombres por túneles abandonados.

—Cuidado con los rezongos —susurraba, palpando la pared húmeda—. Aquí la piedra llora si le sacas mucho. Agárrenme esos cartuchos, los que parecen velas gordas. Con uno de estos, un puente se despide solo. 

La Toma de Chilpancingo, marzo de 1914, no fue una carga ciega. Fue la operación militar más coordinada hasta entonces del ELS. Zapata, junto a Jesús Salgado y Heliodoro Castillo, movilizó a más de diez mil hombres; hombres llegados de Anenecuilco y Tlaltizapán con Zapata, de Chilapa y Tixtla con Salgado, de Tlapa y Ayutla con Castillo… levantados desde los valles de Morelos, las montañas de la Costa Chica y los pueblos nahuas y tlapanecos del Guerrero profundo. Veteranos de la lucha desde 1911, hombres que se unieron tras ver restituidas sus tierras por decretos zapatistas, otros tantos aún con sus tierras despojadas, campesinos experimentados y novatos, algunos soldados federales o rurales desertores que habían servido en el ejército porfirista o en las fuerzas rurales. Algunos otros Mixtecos, Tlapanecos, Nahuas de Guerrero y Morelos, convocados por redes de caciques locales leales al ELS, y los chinacos: muchachos de 15-20 años, sin experiencia pero con urgencia, a menudo hijos de veteranos o huérfanos de la guerra.

Toma de Chilpancingo. Foto: Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México.

No era una horda, sino una coalición de pueblos en armas, dividida en columnas disciplinadas: la de Salgado por el norte, la de Castillo por el sur, la de Zapata cerrando el cerco.

Algunos contingentes de la región de Izúcar de Matamoros, bajo Francisco Mendoza, apoyaron operaciones de distracción o bloqueo de refuerzos federales.

Los correos a caballo habían tejido la red semanas antes, llevando órdenes escritas a mano de pueblo en pueblo. No era un levantamiento espontáneo; era un ejército que ya sabía marchar en silencio, reagruparse con señales de lechuza y atacar con la luna a favor.

La noche de la ocupación, Felipe, de diecisiete años, se agachó junto a su padre contra una pared de adobe en las afueras. No eran soldados de línea; eran campesinos y parte de la lucha. 

—¿Y si fallamos, apa? —susurró, apretando el machete. Su padre, un viejo que había perdido dos cosechas a los hacendados, escupió al suelo.

—No fallamos. Mira —señaló en la oscuridad hacia las sombras que se movían con orden sorprendente—. Eso no es un montón, es un ejército. No hay lugar para fallar aquí. La tierra no son de los ricos. 

Al interior de Chilpancingo, los huertistas, confiados en sus fusiles Mauser y trincheras, subestimaron la ferocidad organizada del sur. Los zapatistas no cargaron al grito; avanzaron en oleadas tácticas: primero los tiradores con viejos rifles, luego los macheteros entrando por los callejones que los rebeldes locales les habían marcado con carbón en las paredes.

Fue una batalla cuerpo a cuerpo, brutal y corta. Al amanecer, los huertistas que no huyeron yacían fusilados en la plaza principal. El ELS no saqueó. Ocupó. Tomó la comandancia, los depósitos de armas, la estación de telégrafos.

A la mañana siguiente, Otilio Montaño, el que ayudó a escribir El Plan de Ayala, desplegó un mapa sobre la mesa del antiguo jefe militar huertista. No era una mesa de campamento; era un escritorio de gobierno. Pasó un dedo por Chilpancingo, ahora manchado de tinta y tierra.

—Ya no somos la guerrilla que espera —dijo, mirando a todos los reunidos—Ya tomamos una capital de estado. Somos un ejército de verdad. 

Chilpancingo fue la prueba de que el ELS podía hacer guerra convencional y ganarla. No solo con valor, sino con organización: estrategia, comunicaciones y una logística rústica pero efectiva. Después de esa victoria, nadie pudo volver a llamarlos “bandoleros”. Eran, en los hechos, un ejército liberador.

La caída de Huerta trajo no la paz, sino otro enemigo: Venustiano Carranza, el “Primer Jefe” constitucionalista, que desde su altanería de hacendado ilustrado veía a los zapatistas como unos campesinos sucios y revoltosos. 

Torreón, Coahuila.

19 de octubre de 1915

El humo de un puro habano se enroscaba en la suite del Hotel Salvador, mezclándose con el olor a cuero nuevo de las maletas y a papel oficial. Venustiano Carranza, alto, de barba blanca impecable y traje de casimir ajeno al polvo, sostenía entre sus dedos largos y pálidos un telegrama. No sonreía. Asentía, con la serenidad de un jugador que acaba de recibir la carta que necesitaba para ganar la partida.

—Lea, general —dijo, extendiendo el papel a Pablo González, su hombre de confianza y verdugo designado para Morelos.

El texto, enviado desde Washington por su enviado Eliseo Arredondo, era breve y letal: El gobierno de los Estados Unidos reconocía oficialmente a su gobierno de "facto". Las comillas en facto parecían burlarse de la sangre vertida, pero a Carranza no le importaron. Eran el sello de legitimidad internacional que necesitaba para estrangular a los "bandoleros del sur".

—Los gringos —murmuró Pablo González, devolviendo el telegrama—. Al fin ven quién trae orden.

—No ven orden, general —corrigió Carranza, acomodándose las gafas—. Ven interés. Ven que yo no voy a expropiar sus petroleras, que puedo sentarme a una mesa con corbata, que hablo su lenguaje: el de la propiedad, la deuda y la ley escrita. Zapata habla con la tierra; Villa, con la furia. Yo hablo con los banqueros. Y aquí, gana el que hable con quien tiene el dinero para las balas.

Fuerzas constitucionalistas probando el subfusil Thompson de manufactura norteamericana.

Se acercó al balcón. Abajo, una plaza llena de gente esperaba escuchar al "Primer Jefe". Él veía más allá: veía la presidencia legítima, el fin de la convención de locos, la derrota definitiva de la chusma agraria. Tomó el telegrama, lo dobló con cuidado y lo guardó en el bolsillo interior de su saco, junto al corazón. Era su acta de nacimiento como el poder único.

Mientras, en el Norte, otro huracán de sombrero ancho y pistolas al cinto, dejado su marca a fuego. Francisco Villa, el Centauro del norte, no era parte del ELS —sus batallas eran otras, sus desiertos infinitos, su guerra más móvil y feroz—, y al principio, ni Zapata, ni la gente de los pueblos, ni lxs intelectuales confiaban en él. Para los zapatistas, Villa había sido un general de Madero, el presidente al que el Plan de Ayala desconocía por traidor. Los magonistas, desde el exilio, lo tachaban de "bandido sin causa". La propia Dolores Jiménez y Muro lo calificaba, en sus círculos, de violador y raptor de mujeres.

Villa comandaba un ejército de otra textura: los Dorados, su legendaria guardia personal de caballería. A diferencia del ELS —arraigado, comunal y financiado por el maíz de su propia tierra—, los dorados eran una fuerza nómada y profesional. Habían florecido con el patrocinio inicial de Madero y se nutrían de un flujo constante de armas y parque comprado (o contrabandeado) al otro lado de la frontera. Su lealtad era al caudillo y a la promesa de movimiento y botín; eran la punta de lanza de una revolución mercantil, una máquina de guerra con conexiones que el sur jamás tendría.

Pero la Decena Trágica lo cambió todo. Huerta traicionó y mató a Madero, y Villa, tras escapar de la cárcel, se lanzó contra el usurpador. De pronto, tenían un enemigo común. En una noche de campamento en Chihuahua, mientras repartía ganado expropiado, uno de sus dorados le preguntó:

—Mi general, ¿y esos del sur? Dicen que su lider, ese Zapata era enemigo de don Francisco I.

Villa, limpiando su colt con un paño de aceite, dejó escapar un resoplido.

—Madero le prometió tierra y no le cumplió. Yo le serví a Madero, si, pero ahora Zapata es enemigo de Huerta, y a ese lo voy a colgar con mis propias manos. Al sur no le entro, pero a su enemigo, sí. Los enemigos de tu enemigo, son tus amigos. 

Villa ya conocía el camino a Texas: lo había recorrido decenas de veces para comprar bajo la mesa rifles y parque (cartuchos, municiones, la savia de su guerra). La gran invasión —Columbus, marzo de 1916— era todavía un fantasma lejano, un acto de furia que nacería tras el reconocimiento gringo a Carranza, la traición en la compra de armamento que nunca llegó,  y la desesperación de verse acorralado. En 1914, cruzar la frontera era un negocio; después, sería la guerra.

Para 1914, la necesidad unió al ELS y a Villa. El enemigo de mi enemigo es mi aliado, pensaron ambos, aunque sin bajar la guardia. 

La gran alianza se selló en Xochimilco, en diciembre de 1914. Emiliano Zapata y Francisco Villa, el Centauro del Norte y el Caudillo del Sur, se encontraron entre canales. No era un encuentro de hermanos, sino de generales que midieron sus fuerzas y sus desconfianzas a la distancia de un saludo. Villa, imponente en su silla, escuchó a Zapata, serio y parco. 

—Yo no quiero sentarme en la silla presidencial— dijo Zapata, clavando en él una mirada que no pedía favores, solo acuerdos—. Yo quiero que nos regresen al pueblo lo que es del pueblo. Queremos de vuelta las tierras robadas, y vivir en paz. Vivir dignamente. 

Villa, con una sonrisa amplia que no ocultaba el cálculo tras sus ojos claros, aceptó el Plan de Ayala. Era la alianza forjada no en la hermandad, sino en el odio compartido hacia Carranza. La alianza de los descalzos, cada uno con su estilo, contra los señores de corbata.

Entrada zapatista a la Ciudad de México en 1914. Foto: Archivo Casasola.

El 6 de diciembre de 1914, el ELS entraba a la Ciudad de México. No fue una invasión, fue una aparición. Los capitalinos vieron pasar a un ejército de jóvenes morenos, con huaraches polvosos, machetes al cinturón y miradas de asombro. Rezaban al pasar por la Basílica de Guadalupe, agradeciendo a “la Virgen Morena” por protegerlos. No saquearon. Pidieron comida, pagando con palabras de respeto. Tomaron Puebla días después, en una batalla feroz donde derrotaron a veinte mil carrancistas. Pero la ciudad no se podía retener. El ELS carecía de lo que siempre le faltó: municiones, parque, fábricas de armas. 

Para Carranza, la Constitución de 1917 no fue un sueño de justicia, sino una herramienta de control. Cuando convocó al Congreso Constituyente en 1916, lo hizo con una trampa en el reglamento: excluyó a villistas y zapatistas, a los "hostiles a la causa constitucionalista". Es decir, excluyó a los que habían luchado por el artículo 27 sin saber que se llamaría así. Quería una reforma tibia a la de 1857, un marco que pacificara sin redistribuir.

Pero en Querétaro, los diputados —abogados hambrientos de gloria, militares con conciencia social (cuando antes existían), obreros que habían leído a los Flores Magón— le dieron la vuelta a su juego. Le arrebataron la pluma. Cuando le presentaron los artículos 3, 27 y 123, con su lenguaje de derechos sociales, reforma agraria y protección al trabajador, Carranza palideció. Eran los fantasmas del Plan de Ayala, las demandas de Zapata y Villa escritas para siempre.

—Esto es una barbaridad —dijo en privado a sus cercanos—. Están poniendo la revolución en la ley. ¿No entienden que la ley existe para contenerla, no para cumplirla?

Pero era demasiado tarde. La presión era enorme. Hasta en la portada de Les Hommes du Jour en Francia, lo pintaban como un patriarca revolucionario, y él no podía desmentir el papel. El 5 de febrero de 1917, promulgó la Constitución con la boca seca y el orgullo herido. Firmó, no porque creyera, sino porque era el precio para sentarse en la silla presidencial que tanto ansiaba. Era un pacto cínico: él les daba su firma, y la historia le daría a él el título de "fundador del México moderno".

Venustiano Carranza. Foto: Archivo Casasola.

Porque en el fondo, Venustiano Carranza nunca vio a un igual en Emiliano Zapata. Veía a un campesino alzado, un salvaje con pretensiones. Donde Zapata veía tierra como madre, Carranza veía tierra como título de propiedad. Donde Zapata decía "la tierra es de quien la trabaja", Carranza escuchaba "anarquía, atraso, amenaza a mi patrimonio y al de todos los míos".

Por eso, cuando el ELS se negó a desaparecer, cuando siguió repartiendo tierras bajo sus propias leyes en Morelos, la respuesta de Carranza no fue política. Fue de exterminio. Ordenó a Pablo González: 

—Acaben con esa plaga. Quemen los pueblos. Envenenen los pozos. Mátenlos de hambre. Y maten a Zapata. 

No era solo una guerra. Era el desprecio de clase convertido en política de Estado. El reconocimiento gringo en una mano, el telegrama ordenando la emboscada en Chinameca en la otra. Carranza, el hombre que hablaba de leyes mientras mandaba asesinar al que las cumplía antes de que existieran.

Carranza lanzó su contraofensiva en 1915-1916 con una consigna brutal: exterminio. El general Pablo González arrasó Morelos. Quemó pueblos —Huitzilac, Tepoztlán, Jojutla—, envenenó pozos, concentró a la población en campos para “quitarle el agua al pez”. Desde aviones, lanzaban bombas sobre las milpas. Fue una guerra de tierra quemada, diseñada para que ni la vida, ni la memoria, ni la semilla de la rebeldía pudieran brotar jamás.

El ELS se replegó a las montañas. La vida en los campamentos era áspera: hambre, paludismo, el frío que calaba los huesos en las cuevas. Y la muerte acechaba en formas pequeñas y silenciosas. Para Emiliano y Josefa, la guerra les arrebató no solo la paz, sino el futuro mismo de su sangre. En la huida constante, refugiados en el monte, la picadura de un alacrán se llevó a su pequeña Josefaapenas con tres años. Poco después, en otro escondite, el hijo varón, Felipe, de apenas cinco años, murió tras la mordedura de una víbora de cascabel. Dos promesas de vida, dos risas que se apagaron no por una bala carrancista, sino por el veneno del odio, en la tierra agreste a la que la guerra los había empujado. En el dolor silencioso de Josefa y Emiliano, se condensaba el de todo un pueblo obligado a vivir —y a perder a sus hijos— en la intemperie de su propia tierra. 

Algunos, desesperados por el hambre y el horror, cayeron en el bandolerismo. Emiliano fue determinante: “El que robe a los nuestros, se fusila”. Pero la mayoría resistió con una inventiva desesperada que nacía de la misma raíz. Ángel Capistrán, un joven soldado, aprendió a fabricar  bombas caseras. Llenaba con polvora y trozos de fierro las latas de salmon —de esas que a veces llegaban en cargamentos gringos, para las mesas ricas de la Ciudad de México—, y les colocaba una mecha. 

—Para volar un tren—contaba— se pone la dinamita justo donde duermen estas personas. ¡Pum!, y los carranclanes vuelan con las vías.

La resistencia echó raíces una extensión de la tierra misma que se defendía con lo que tenía: astucia, rabia, dignidad y el conocimiento íntimo de cada barranca.

Y aún en esa derrota táctica, en medio del luto personal y colectivo, el ELS gobernaba. En los territorios que aún controlaba entre montañas, repartía tierras con actas escritas a lápiz, reabría escuelas bajo los árboles, administraba justicia popular alrededor de una fogata. Zapata, en 1917, desde la fragilidad y la firmeza de su campamento, proclamó el “gobierno del pueblo por el pueblo”. Mientras en el teatro de Querétaro los constituyentes debatían artículos, en los valles y serranías de Morelos ya se vivía —y se moría— bajo su propia ley agraria, una ley escrita no en papel satinado, sino en la piel curtida de quienes la defendían con la vida, y lloraban a sus hijos perdidos en la lucha por hacerla realidad.

Los años finales fueron de lenta asfixia. La influenza española de 1918 diezmó a familias enteras en los campamentos, dejando más huérfanos que soldados. Las deserciones y las traiciones internas crecieron como hongo en la humedad de la derrota. El ELS ya no era el torrente de 1914; era un río fraccionado en arroyos de resistencia, cada uno con su propio caudillo desconfiado.

En la Ciudad de México, en la suntuosa oficina del presidente Venustiano Carranza, el cálculo era otro. Una tarde de marzo de 1919, con el olor a cera pulidora y papel sellado en el aire, Carranza recibió a su general más dócil, Pablo González.

—Los informes dicen que Zapata se mueve como un fantasma entre Tlaltizapán y Jonacatepec —dijo Carranza, sin levantar la vista de un mapa desplegado—. Pero los fantasmas no comen, general. ¿Qué come?

—Maíz robado, Presidente. Y la lealtad de unos cuantos que creen en su palabra.

—La lealtad se mide con balas —respondió Carranza, por fin alzando la mirada fría detrás de sus lentes—. Y a Zapata le quedan pocas. No podemos vencerlo en el campo; el campo es él. Pero podemos vencerlo en la esperanza de sus hombres. Si cae el caudillo, cae la fe.

Pablo González entendió. No se trataba de una batalla más, sino de un acto de cirugía política: extirpar el símbolo para que el cuerpo se pudra solo.

—¿Y cómo lo traemos a terreno nuestro?

—Con lo que siempre ha querido: armas y la promesa de unirse contra nosotros —dijo Carranza, y una sonrisa tan delgada como una cicatriz se dibujó en su rostro—. Usaremos su código de honor en su contra. 

Así se tendió la trampa. El coronel Jesús Guajardo, del bando carrancista, fingió una deserción. Para darle credibilidad, fusiló a cincuenta de sus propios soldados —hombres sacrificables en el altar del engaño, peones en el ajedrez del poder— y ofreció a Zapata un cargamento de armas como prueba de su “nueva lealtad”. La cita: la Hacienda de Chinameca.

El 10 de abril de 1919, bajo un sol inclemente que blanqueaba los muros de la hacienda, Zapata llegó con una escolta mínima. Desconfiaba siempre, pero la necesidad de parque para su gente pudo más que el instinto. Al cruzar el portal de piedra, un ordenanza tocó corneta en señal de honores. Fue la señal pactada.

Una lluvia de plomo desde las azoteas acribilló su cuerpo. Cayó con la mano en la pistolera, sin tiempo siquiera de desenfundar. Su caballo, “As de Oros”, relinchó en el caos, sintiendo la muerte del jinete que era parte de su propio cuerpo.

El cadáver de Emiliano Zapata es exhibido en Cuautla, 10 de abril de 1919. Foto: Archivo Casasola.

No fue un combate. Fue un sacrificio ritual del Estado naciente. El mensaje era claro: la ley nueva se escribía con la sangre del que había hecho la ley vieja con su machete.

El asesinato de Zapata no solo selló la traición a los pueblos que luchaban por la tierra, sino que inauguró un régimen donde el despojo ya no venía de fuera, sino desde adentro: legalizado, decretado y celebrado como modernidad. Mataron al hombre, pero la promesa ya era una semilla enterrada demasiado hondo para que ninguna mano presidencial pudiera arrancarla.

Así, mientras la Constitución que llevaba su firma prometía tierra y justicia, Carranza, el hombre que la firmó dormía tranquilo sabiendo que había mandado matar al que más había luchado por esos principios. En Carranza se encarnaba la paradoja fundacional del México moderno: un país que escribe las leyes más avanzadas de América sobre la tumba de los que las inspiraron.

Él no era el "gran conciliador". Era el gran calculador. Y su cálculo más frío fue entender que, a veces, para que un ideal sobreviva en los libros, hay que matar a quien lo lleva en la sangre. Por eso, cuando la balacera en Chinameca calló, Carranza no celebró. Solo asintió, igual que con el telegrama de Washington. Otro problema menos. Otra página más para su Constitución.

Pero esa Constitución, con su artículo 27 que decretaba que “las tierras y aguas comprendidas dentro del territorio nacional” eran propiedad originaria de la Nación, llevaba en sus letras una trampa histórica. Lo que se presentó como un triunfo revolucionario y una reivindicación de la soberanía, fue también la institucionalización de un nuevo despojo. Las tierras, que para Zapata y el ELS eran el cuerpo vivo de la comunidad, para el Estado revolucionario se convirtieron en activos de una Nación abstracta y centralizada.

Durante la Revolución, figuras como Emiliano Zapata impulsaron una visión radicalmente distinta: el derecho de los pueblos a la tierra, el agua y el territorio desde una lógica comunal, no estatal. Pero con su asesinato en 1919, esa visión fue sofocada, no derrotada. La Constitución de 1917, aunque progresista en apariencia, terminó consolidando una versión “oficial” de la revolución que institucionalizó el despojo en nombre del bien común, dejando fuera a quienes, como los zapatistas, habían luchado por la tierra con otra idea de justicia: no la de la Nación como dueña, sino la del pueblo como sujeto.

Pablo González y Carranza creyeron que con la cabeza cortada de Emiliano Zapata, el cuerpo moriría. Se equivocaron.

El ELS, ahora bajo el mando de Gildardo Magaña, pactó finalmente con Álvaro Obregón en 1920 y se disolvió formalmente. Pero la promesa no murió. Las hermanas de Zapata —Celsa, Ramona, Jovita— siguieron viviendo en Anenecuilco, custodiando la memoria. Josefa Espejo, “La Generala”, vivió hasta 1968, contando a quien quisiera oír cómo se tejían los canastos de maíz que alimentaron la revolución. Porque el Ejército Libertador del Sur ELS nunca fue solo un ejército. Fue el surco hecho milicia, la palabra hecha ley, una red invisible de insurgencia, un espíritu innato de tierra y libertad. 

Y aunque en Chinameca lo mataron, la tierra aún no lo ha confirmado. Porque hay ejércitos que se disuelven, y hay promesas que se siembran. Y las que se siembran con rabia y con justicia, tarde o temprano, retoñan.

Retoñan en otro surco, en otra montaña, bajo otro cielo, en otro tiempo, pero con la misma raíz. Esta semilla, dormida pero viva, esperaría su tiempo. Y décadas después, en las montañas del sureste mexicano, un nuevo retoño rompería la tierra. Pero esa, es otra parte de la historia.

Nota de la autora. Este texto fue escrito en el transcurso de diez meses aproximadamente. 

Ver primera parte de la crónica: Ejército Liberador Sur (ELS): Zapata y el sur que no perdona

Fuentes consultadas

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