sábado, septiembre 26, 2020
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Miopía del desastre social, una crítica más desde la contingencia actual

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Javier Abimael Ruiz García

El capitalismo es un sistema de dependencias que van de dentro a fuera, de fuera a dentro, de arriba abajo y de abajo arriba. Todo depende de todo. Todo está atado. El capitalismo es un estado del mundo y del alma.
Franz Kafka

I.- Las armas de la crítica.

Seguramente, en más de un lugar, el desplazamiento y suspensión de la cotidianidad humana por la contingencia actual ha permitido que la naturaleza retome memoria y vuelva a ocupar los lugares que alguna vez fueron de ella. ¿Quién no ha podido apreciar los cielos más claros, el revoloteo de las aves sobre las grandes ciudades, el silencio por el ruido muerto de los automóviles, las calles claras, vacías? ¿Quién no ha podido percibir el silencio tenso que inunda las urbes, que acalla el ajetreo callejero cotidiano del trabajo?

Pero, por otro lado ¿Quién no extraña en los espacios públicos los gritos y risas ausentes de los más pequeños? ¿Quién no ha podido sentir el sufrimiento, el dolor, la angustia ante el colapso de los sistemas de salud, quién no se estremeció con las imágenes de Italia, España, China, Ecuador? ¿Quién puede volver a decir que este mundo esta bién? ¿Quién puede decir que la normalidad no era el problema? ¿Qué hemos hecho mal para que el mundo se saliera de nuestras manos?

Justo en estos momentos en los que atravesamos por dicha crisis; expresada mediáticamente como “sanitaria”, las preguntas básicas emergen en forma de preocupación; ¿Qué pasará con nosotros? ¿Si se encuentra la cura, cuánto costará? ¿Se lo apropiara una farmacéutica para después venderla? ¿Cómo responderá el sistema de salud mexicano diezmado por 30 años de saqueo y precarización neoliberal? ¿Y los países del tercer mundo? ¿Y la gente que vive al día, que no acata (porque no puede) la cuarentena, qué pasará con ellos?

A propósito, ciertos académicos de renombre (filósofos, sociólogos, economistas etc), han vertido sus análisis sobre las redes sociales (-desde el compilado “Sopa de Wuhan” hasta los análisis más geopolíticos y latinoamericanos), intentando comprender la crisis por la que atravesamos. Ante el colapso de los sistemas de salud pública de los distintos Estados nación (lo cual propició la expansión de la pandemia), muchos de estos intelectuales considerados “críticos” añoran, pugnan y reclaman el regreso y/o fortalecimiento de un tipo de Estado keynesiano que pueda garantizar mediante políticas públicas más sociales un sistema de salud estable y sociablemente responsable para salir y no volver a caer en este tipo de crisis. ¿Será esa la salida?

La pobreza de la imaginación política nos ha conducido al precipicio pensando que lo más radical que podemos hacer son políticas keynesianas; porque “es lo más realista”. El horizonte último incluso de la misma izquierda (desde sus versiones más abyectas como el Chavismo-Orteguismo hasta las más moderadas como el Obradorismo), pareciera ya no consistir en una revolución profunda, sino en la vuelta a la idea de “la toma del poder” y la construcción de un “estado de bienestar” del cual, si lo pensamos bien, siempre fue su finalidad; ¡ninguna historia los absolverá! La revolución como idea-fuerza ha sido desplazada y/o burocratizada, y ante la contingencia de hoy, los Estados de izquierda o derecha no promueven más que una intensificación de sus mismas relaciones estatistas, y estas relaciones sociales en la sociedad capitalista en ninguna circunstancia son un avance hacia una sociedad libre, mientras tanto, el estatismo sigue siendo acaso la enfermedad más generalizada, más crónica y más aguda de la izquierda generalizada. (2)

Este tipo de razonamiento también tiende a separar la esfera económica, de la política y de la ecológica, lo que le ha hecho mucho daño a la teoría crítica y a las revueltas populares. Las afirmaciones desde el realismo político tanto de la izquierda-progresista como de derecha no han hecho más que alargar y postergar el proceso de una crisis que no solamente se expresa en términos económicos, políticos y ecológicos, sino que es de un proceso civilizatorio como tal. Las contradicciones propias del actual modo de producción exponen que el proceso de transición global al neoliberalismo arrastró las crisis pasadas al presente (la de 1929, la de los años 70´s y la del 2008) y que dicha actualización de la crisis ya no reside solamente en la gran contradicción entre capital-trabajo, sino que se vuelve más generalizada. Esta crisis (económica, sanitaria, ecológica, migratoria, política, energética, bélica etc.) se presenta como civilizatoria y con ella pareciera anunciar un capitalismo terminal producto de una sociedad implosiva de una civilización que se agrede a sí misma. Pero, ¿Lo que viene después será mejor?

Por lo tanto, no necesitamos un ejercicio de “reflexión profunda” para decir que precisamente fue el capitalismo el origen de la actual pandemia, ante esto y parafraseando a Max Horkheimer, se vuelve necesario enunciar a modo de protesta que ¡Quien no quiera hablar de capitalismo debería callar también sobre sobre las miserias del mundo actual! El capitalismo como verdad de la actual civilización, fija las diferencias extremas que la ley del valor finalmente produjo. Solamente si atendemos lo que esta pasando en las transformaciones del capitalismo (y los Estados), podremos entender lo que esta en juego en la actual crisis (3).

La centralidad del presente texto, es volver a comprender la actual pandemia como un efecto histórico de un modo de producción históricamente determinado, que va abarcando cada vez más los espacios más inhóspitos de la tierra. Y que precisamente estos nuevos virus, son parte del avance y violencia que esta lógica ha generado sobre el entorno “natural”. Por otra parte, intentamos acercarnos tan solo un poco a comprender la crisis económica que se avecina y las repercusiones sobre la sociedad, sin quitar la lucha de clases y la utopía de la cambiabilidad del mundo.

II.- Virus, crisis económica y su significación.

No es la extensión del desastre lo que nos hace pensar en ser contestatarios, sino su significación.
Tiqqun. ¿Qué es la metafísicia crítica?

Somos bombardeados diariamente con noticias sobre el avance acelerado del COVID-19 alrededor del mundo, el número de muertos y contagiados pareciera no dar tregua. A la par, las bolsas de valores, los grandes corporativos y los representantes del Estado ya visualizan la recesión económica por venir. Desde febrero hasta mediados de marzo comenzó “la devaluación neta hasta del 30 % de los mercados bursátiles en todo el mundo” (4) y los días de la semana vuelven a nombrarse negros: el 9 de marzo se declaró el lunes negro ante la caída de los precios del petróleo. Esta fragilidad del capital ficticio de los mercados bursátiles, muestra el carácter endeble de un capital que asegura que un plusvalor se podrá producir a futuro, no tomando en cuenta el carácter presente de las condiciones de producción y los circuitos de circulación, que en este sentido no se esta pudiendo realizar en su totalidad. Lo anterior muestra que precisamente la crisis no se expresa solamente en la producción de plusvalía realmente producida, sino de la anticipación de una plusvalía que aún no se ha producido.

Se habla además de un desempleo histórico, incluso mayor que el que dejó la crisis del 2008 (5), el aumento de precios en los productos de la canasta básica, la caída del 2.85% del precio por barril del petróleo, pero también de las monedas nacionales subordinadas al dólar, son tan solo la punta de iceberg que en realidad representa el colapso civilizatorio. Los gobiernos han vuelto al canto purulento que anuncia políticas de austeridad, mayor inversión en el sector productivo, mayor desarrollo para zonas económicamente marginadas, progreso “pero ahora si con responsabilidad social”, todo esto para salir de una crisis que descaradamente llaman “transitoria”.

Ante la caída histórica del peso mexicano frente al dólar, los malabares económicos, ¡perdón!, “las medidas implementadas” el pasado 18 de marzo por el Banco de México y la Secretaría de Hacienda y Crédito Público para afrontar un lado de la crisis que consiste en subastar 2 millones de dólares en coberturas cambiarias (6). Esto no muestra más que la materialización de la expoliación económica y el respaldo y cuidado de los grandes monopolios y/o corporaciones. El miedo a defraudar al gran empresario se maquilla con la clásica consigna de “para que no lo resientan los más necesitados” y dichas actitudes se emprenden solamente con el objetivo de mantener un funcionamiento ordenado en el mercado, que se encuentra presionado negativamente por la incertidumbre del avance acelerado del COVID-19. (7)

En su tercer informe de gobierno, el presidente de la República aseguró que a partir de la crisis actual desatada por el COVID-19, se veían las consecuencias de décadas de un periodo neoliberal que “saqueó, privatizó y se descuidó de los más necesitados”, (¡sí, afirmaciones dichas en tiempo pasado!). Y que, por ello, México no volvería a las políticas neoliberales por ningún motivo, exponiendo al mismo tiempo un “plan de austeridad” para superar la crisis. Dicho plan de austeridad consiste en mayor empleo, mayor desarrollo y lo que ya sabemos que van a decir más un largo etcétera. No sin antes, claro, haberse reunido con Larry Fink, presidente del fondo Black Rock (quien además de ser uno de los cuatro grandes que controlan Wall Street, fue uno de los que propició durante “el periodo neoliberal” la privatización de PEMEX), para entregarle en bandeja de plata el sureste mexicano a través del tren maya. (8)

No hay nada nuevo bajo el sol, la gramática de la crisis es tautológica, si tratáramos de historizar las crisis nos daríamos cuenta que el patrón es repetitivo (claro, con la gran excepción de que ahora la causó un virus). Por ejemplo, la crisis de 1929 que tuvo como epicentro los Estados Unidos tuvo sus consecuencias globales, ésta pudo resolverse y reestructurar el capital a partir de la segunda guerra mundial que tomó forma y constituyó la expresión política de esta crisis, que no era más que la continuación de la recesión económica de la primera guerra mundial. La resolución de dicha problemática fue reorganizar la estructura de poder internacional que dejó, en este caso, al Estado Norteamericano posicionado como la gran potencia (9). Años más tarde, la crisis de los 70´s implicó el abandono de políticas keynesianas ligadas al Estado de bienestar (10) para pasar al monetarismo y la especulación del capitalismo financiero como principio rector. Dicho giro transitorio, implicó recortes al gasto público en términos de “austeridad” que propició una expansión sin precedentes de la deuda pública, deuda que ha ido incrementando hasta nuestros días.

La crisis crediticia del 2008 de hipotecas subprime (hipotecas basura), provocó la desaparición de los principales bancos de inversión de Wall Street (11). El rescate de los bancos (que aún estaban), por medio de los Estados, no hizo más que postergar la crisis atendiendo los efectos, más no sus orígenes. Dicho rescate bancario tuvo como resultado posteriormente una expansión de la deuda, recordando que el acto de “rescate al sistema bancario” por los distintos Estados convirtió dicha deuda privada (bancaria), en deuda pública, una deuda que seguimos pagando todos. Cada crisis del capital está precedida por un aumento extraordinario del crédito, por un esfuerzo, es decir, por expandir el nivel de producción para mantener una tasa de ganancia determinada, esto por la razón de que, si bien el crédito en sí mismo no puede crear nada, puede prolongar o iniciar una escasez de producción que hubiera sido mucho más baja sin él. (12)

Encima, los denominados en el argot bursátil como halcones y palomas monetarias (13), debaten sobre el rumbo de la crisis que sin duda afectara nuestra vida. Por un lado, los halcones monetarios afirman necesitar de la crisis para que el capital se vuelva a reestructurar en una lógica de eterno-retorno o destrucción creativa. Por otro lado, las palomas monetarias auguran que la necesidad de la reestructuración del capital no puede ser mediante el caos que emerge de la actual crisis, en ese sentido la política intervencionista Estatal se vuelve imprescindible para que la crisis no se agudice. (14)

Ante todo este meollo, la pregunta principal que debería preocuparnos a todos y todas es: ¿Cómo se va a rescatar al sector financiero? Y ¿Cómo se expandirá la deuda pública y cuáles serán sus efectos sobre los trabajadores?

Lo más preocupante de las crisis económicas, no son los colapsos de los negocios de las grandes corporaciones y de las bolsas de valores, sino que dicho colapso del sistema crediticio repercute en la cotidianeidad de millones de personas, desde el desempleo cada vez más generalizado, hasta en endeudamiento eterno con las grandes empresas; “¡crédito a muerte!”, como expresaría Anselm Jappe.

La resolución de la crisis que se expresa como: sanitaria, política, migratoria, ecológica, no se podrá encontrar dentro de los mismos marcos que la generaron. Superar los límites estatistas y capitalistas consiste no solo en verter nuestros esfuerzos más allá de estas lógicas, sino también en la creatividad que pueda surgir en el hecho de comenzar a construir nuevos tipos de relación social.

Esto nos lleva precisamente a pensar el futuro que tomarán nuestras sociedades después de haber “podido resolver” el problema del COVID-19, en este caso, la muerte, el más grande de todos los keynesianos ¿gobernará el mundo una vez más? (15).

III.- El capitalismo como plaga. Guerra de clases y sus posibilidades.

No teman la destrucción de mercancías. No se asusten ante los saqueos de tiendas. Lo hacemos porque es nuestro. Ustedes (como nosotros en el pasado) han sido criados para levantarse todas las mañanas con el fin de hacer cosas que más tarde no serán de ustedes. Recuperémoslas y compartámoslas. Tal y como hacemos con nuestros amigos y el amor.”
Escrito a los estudiantes por los trabajadores griegos, 2008

Primero. Sin duda “Contagio social; guerra de clases microbiológica en China” del grupo comunista chino Chuang (16) es uno de los textos más sobresalientes y críticos al respecto. Por ello, es importante rescatar algunas premisas enunciadas por los compañeros, tratando de establecer un vínculo muy importante entre dos esferas: la biológica y la socio-económica. Es decir, el rastreo crítico sobre las nuevas enfermedades denominadas de transferencia zoonótica y el entendimiento de este proceso mediante la valorización y subsunción al capital de las cepas salvajes o silvestres, nos muestran que es precisamente este proceso de valorización mediante la expansión del agronegocio y la industrialización los orígenes de este tipo de enfermedades. Que es necesario ampliar la mirada y entender los efectos socio-ambientales de estas nuevas formas de valorización. Lo mismo aplica con con los denominados megaproyectos, desde la megaminería, hasta las grandes extensiones de monocultivos.

Dentro de esto, el acercamiento metodológico a partir de “una apertura instructiva” en la que podamos examinar cuestiones sustanciales sobre la forma en que la producción capitalista se relaciona con el mundo no-humano a un nivel fundamental en este mundo, incluidos sus sustratos microbiológicos, no pueden entenderse sin referencia a la forma en la que la sociedad organiza la producción (17) y dentro de esta mirada está explícita la perspectiva que asume que no existe un afuera del capital, que las llamadas “tierras naturales o salvajes” se encuentran dentro de la totalidad del capital. Uno de los ejemplos más claros son los llamados bonos de carbono. Ante esto, como lo ha explicado el virólogo Antonio Tenorio, “la aparición de infecciones va en aumento y su contagio es cada vez más rápido. Las razones están asociadas al desarrollo de una economía de sobreexplotación de recursos. Algunos ejemplos que lo explican sería la propia deforestación y el cambio climático que hace que los animales silvestres se acerquen a las poblaciones. También la manipulación de animales silvestres para comerlos, o extraer sus cuernos, etc.” (18)

Segundo. El coronavirus no es la crisis. Simplemente es el detonante de una contradicción estructural que venía expresándose desde los inicios del siglo pasado (19). Ante el desmoronamiento de la narrativa neoliberal, la crisis actual devela distintas contradicciones. La primera de ellas es la que se produce en los llamados países primermundistas, donde se expone la desigualdad social como condición estructural ante los miles de muertos y contagiados por el COVID-19 como causa del colapso de los sistemas de salud. La segunda cuestión consiste en comprender que no es precisamente el modelo económico neoliberal el que ha producido el desastre actual, sino el capitalismo y su lógica mercantil, la razón instrumental de entender a la naturaleza como recurso y mercancía.

Tercero. Ante esto, las narrativas contrainsurgentes han permitido multiplicarse a partir de la contingencia: toques de queda, estados de excepción, vigilancia extrema, militares en las calles. Las prácticas del totalitarismo del siglo pasado son revestidas bajo un nuevo “humanismo”, y el control de la movilidad social mediante el avance tecnológico ha permitido normalizar un proceso securitario que hemos asumido que “está bien porque es por nuestro bien”. Lo peor, sería asumir y normalizar este aislamiento y vigilancia aún después de que la pandemia se haya acabado.

Cuarto. Ante la desigualdad social generalizada, el “quédate en tu casa” no es sino una condición de privilegio, la respuesta de quien no lo tiene es desde huelgas y creación de nuevos sindicatos (como el sindicato de trabajadores de Starbucks en Chile), hasta saqueos a los grandes almacenes y supermercados y los motines dentro de las propias cárceles, como en Italia o Brasil. La respuesta de los históricamente oprimidos, son estas formas de lucha en la cual la neutralidad y la condena se vuelven también posición política de lado de los opresores. Estas acciones nos tienen que permitir expandir los efectos desfetichizantes al máximo y como dice Holloway, potencializar los elementos revolucionarios. La desnudez de las pretensiones capitalistas está expuesta.

IV.- Epílogo o ¿Esperanza, estas ahí?

“Millones de proletarios aún no han dicho su última palabra”
Ernst Bloch. El espíritu de la utopía

La época posfordista introdujo en la gramática critica un nuevo concepto: crisis civilizatoria. Este diagnóstico, solo ha podido exponerse por los grandes esfuerzos de los movimientos populares y las revueltas que han puesto sobre la mesa la necesidad de cambiar este mundo y superar las crisis lejos de los marcos que la generaron, es decir; lejos de la socialdemocracia, del colonialismo, del neo-liberalismo, del patriarcado, del Estado y por supuesto del capitalismo. La perspectiva ecologista (radical), ha tenido un gran eco en las aportaciones a este diagnóstico de la crisis. En 1997, Jaime Semprun (20) arrojaría al mundo crítico una pregunta que marcaría el hito en la historia de la crítica ecologista al capital, “cuando el ciudadano-ecologista se atreve a plantear la cuestión que cree más molesta preguntando: «¿Qué mundo vamos a dejar a nuestros hijos?» en realidad, está evitando plantear otra realmente inquietante: «¿A qué hijos vamos a dejar el mundo?”, y es que la dimensión cualitativa de la crisis, presupone una crisis de las presencias sumergidas en el pasmo y anonadamiento de no saber qué hacer o, por decirlo de otra manera, no saber si se quiere hacer algo para cambiar este mundo, y se augura con esto, que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Pero, si entendemos las crisis no como los momentos dentro de la lógica de reproducción del mismo sistema, sino como su posible ruptura, otra cosa seria.

Lo que está pasando es doloroso, sin duda. ¿Quién no quisiera que se encontrara la cura ahora mismo para detener el desastre? Pero el punto es, como dijo Marx, que la historia se repite una vez como tragedia y la otra como farsa. Acaso, si se encuentra la cura ¿Se detendrá el sufrimiento? ¿Quién asegura que otro posible virus en el futuro no volverá a aparecer? La respuesta es, mientras la lógica mercantil domine el mundo, todo esto y cosas aún peores estarán por llegar. Ya lo dijo el zapatismo; Lo peor aún está por venir.

Hoy, la única tumba que tendríamos que cavar sería la de la discursiva del “fin de la historia”. Y así poder levantarnos para permitirnos volver a creer en nosotros, en nosotras, en la capacidad de recuperar el mundo en nuestras manos y entender que somos vida en manos de otras, en manos de otros. Hoy tendríamos que afirmar que hemos fallado, que estamos siendo tocados por demasiada muerte, pero que seguimos amando y por ello nos sentimos vivos, escuchando el eco de nuestras palabras en otras voces críticas. Esta no es ni toda ni la única historia, falta la historia que escribiremos todas y todos juntos.

Pafraseando a Walter Benjamín (21), el asombro ante el hecho de que las cosas que vivamos sean “aún” posibles en el siglo veintiuno no tiene nada de filosófico. No está al comienzo de ningún conocimiento, a no ser el de que la idea de la historia de la cual proviene ya no pueda seguir existiendo. La crisis del COVID-19 “Es un portal, una puerta de enlace entre un mundo y el siguiente. Podemos elegir atravesarlo arrastrando los cadáveres de nuestros prejuicios y odios, nuestra avaricia, nuestros bancos de datos e ideas muertas, nuestros ríos muertos y cielos humeantes detrás de nosotros. O podemos caminar a la ligera, con poco equipaje, listos para imaginar otro mundo. Y listo para luchar por ello.” (22)

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