Zapotecas resaltan desafíos tras lograr la primera concesión comunitaria del agua

El 24 de noviembre, la Comisión Nacional del Agua (Conagua) otorgó la primera concesión comunitaria para el uso del agua subterránea en México a 16 comunidades zapotecas, organizadas bajo la Coordinadora de Pueblos Unidos para el Cuidado y la Defensa del Agua (Copuda). Durante 16 años, Copuda se ha organizado no sólo para recuperar sus acuíferos amenazados por la prolongada sequía en los Valles Centrales de Oaxaca, sino también para que el Estado respete su derecho de administrar su agua.

Un decreto presidencial de noviembre de 2021 levantó la veda impuesta en 1967, que prohibía el uso del agua del subsuelo de la que dependen las comunidades campesinas para cultivar las hortalizas que comercializan en toda la región.

El decreto establece la “Zona Reglamentada del Acuífero 2025 de Valles Centrales del Estado de Oaxaca” y reconoce, en su séptimo artículo, “su derecho a la libre determinación y autonomía, así como su derecho al territorio y en consecuencia a participar en la administración coordinada del acuífero”, con Conagua.

De igual manera, su octavo artículo sostiene que las comunidades indígenas ubicadas en el acuífero “tendrán derecho de contar con un título de concesión comunitaria y un reglamento comunitario”. Las comunidades ya están poniendo en práctica estos reglamentos comunitarios que establecen normas para la conservación y el uso del agua.

Los representantes de Copuda afirman que el siguiente paso supone un gran reto: deben llegar a acuerdos para coadministrar su agua con Conagua, una dependencia que históricamente no sólo ha eludido su responsabilidad de salvaguardar los acuíferos, sino que ha obstaculizado activamente el acceso de las comunidades al agua.

Esto no será nada fácil, sostienen los zapotecas. Pero los y las defensoras del agua creen que el decreto al menos ha empezado a cambiar las reglas del juego. “Por parte de ellos ya no nos pueden hacer la presión de que tenemos que sujetarnos a sus formas, sino realmente ellos deben adaptarse a las formas de administración colectiva. Ya entendieron que tenemos el derecho humano al agua.”

Las 16 comunidades zapotecas asentadas en la microrregión Xnizaa del Valle de Ocotlán, Zimatlán y Ejutla son: San Antonino Castillo Velasco, Santiago Apóstol, Santa Ana Zegache, San Martín Tilcajete, San Pedro Apóstol, San Pedro Mártir, Asunción Ocotlán, San Jacinto Ocotlán, San Sebastián Ocotlán, La Barda Paso de Piedras, Tejas de Morelos, San Felipe Apóstol, San Matías Chilazoa, Maguey Largo, El Porvenir y San Isidro Zegache.

De humedales abundantes a campos muertos

Andrés Odilón Sánchez Gómez, uno de los fundadores de Copuda, recuerda que “nuestros abuelos nunca sufrieron de agua. Les tocó vivir una época de abundancia”.

En esa época de abundancia el ecosistema se caracterizaba por ciénagas y humedales que funcionaban como esponjas naturales, recibiendo con gratitud el agua de la lluvia y filtrándola lentamente hacia el suelo, recargando así los acuíferos. Los habitantes de San Antonino Castillo Velasco -comunidad zapoteca a unos 30 kilómetros al sur de la capital oaxaqueña y el pueblo natal de Andrés- utilizaban estos humedales para los cultivos de temporal, lo que les permitía sembrar milpa dos veces al año. En las cabeceras de los terrenos el agua se acumulaba en zanjas que se convertían en el hogar de una diversidad de ranas, tortugas, peces de colores y hasta cangrejos, recuerdan Andrés y sus compañeros de Copuda.

Los campesinos narran la historia no tan lejana de este territorio frente a un campo de girasoles, cuyas cabezas negras nos miran como si ellos también tuvieran recuerdos entrañables de la “época de los abuelos”, o al menos un vivo interés por estos relatos de sus suelos. Sigo su línea de vista hacia el cielo. Es la primera tarde nublada en medio de un diciembre demasiado caluroso y no necesito un sombrero para contemplar una amplia vista del valle abierto entre laderas.

A un lado del camino, hay campos de flores y hortalizas como cebolla, col, lechuga, tomate, miltomate, jícama, betabel y chiles, que la mayoría de la población comercializa para ganarse la vida. Hay agua suficiente para alimentar estos cultivos gracias a más de una década de trabajos de construcción de pozos de absorción para recargar los acuíferos.

Aún así, no hay ranas ni peces, y mucho menos tortugas y cangrejos, y la vista al otro lado de la carretera está dominada por tierra seca y dura, donde los pozos de absorción no se han excavado lo suficientemente profundo como para tener un impacto significativo en la capa freática. “Tuvimos un gran logro, pero todavía nos queda muchísimo por hacer”, enfatiza Andrés.

El productor de tomates y rosas ve esta gran labor como una continuación de la realizada por sus antepasados, cuyas costumbres sostenían una relación de cuidado mutuo con el agua. En ese entonces cada casa de San Antonino tenía un pozo, del que se sacaba el agua con un mecate y un cántaro de barro, mismo que se utilizaba para regar los cultivos. En todos los predios era fácil encontrar agua a menos de ocho metros de profundidad.

Cuando un padre regalaba un predio a su hijo, lo primero que hacían era construir un pozo juntos, a mano, a lo largo de un día. Los pozos se construían con un anillo de carizo, parecido a los canastos que usaban para cargar pan y verduras. “Esto se metía en la parte del agua para que no se llenara el pozo de tierra. Y así vivieron los abuelos con estos pozos de canasto. Ya al año este canasto se podría, lo descomponía el agua, pues se metía uno a sacar todo el sedimento y se le metía un canasto nuevo. Eso era el trabajo que había para darle mantenimiento”.

Este trabajo permitió a las abuelas y abuelos tener acceso a agua abundante para el riego, el consumo y el uso diario. Su suministro era tan generoso que nunca hubieran imaginado que a sus nietas y nietos les faltara el vital líquido.

Entre sequía y la obstrucción de Conagua, nace la Copuda

Los primeros cambios notables se hicieron sentir en la década de 1990, cuando la sequía comenzó a recorrer la región de los Valles Centrales.

Las causas de la sequía fueron múltiples y entrelazadas. El uso de bombas de gasolina y luego eléctricas facilitó la explotación desmedida de las aguas subterráneas. La deforestación incontrolada disminuyó aún más la capa freática. Y las obras del gobierno terminaron de aniquilar los ecosistemas naturales de los humedales.

En San Antonino, el gobierno, a petición de la población, construyó un canal de drenaje de aguas pluviales para evitar las inundaciones. Los campesinos dicen que ni siquiera los ingenieros encargados del proyecto se dieron cuenta de que el ensanchamiento del río se llevaría toda su agua, cortando la línea de vida de los humedales.

Los fundadores de Copuda, chamacos en aquella época, sólo recuerdan a un anciano que dio la voz de alarma, y cuya voz aún les resuena décadas después, un recordatorio de prestar atención a la sabiduría de la práctica ancestral. El vecino mayor dijo: “No hombre, ¿qué están haciendo?”….Están mal de la cabeza ustedes….van a secar el pueblo”. Y esto es precisamente lo que pasó.

“Aquí en Valles Centrales se acabó el agua de nuestros pozos norias que ocupamos para regar nuestras hortalizas. La escasez se vino y se acabó el agua”, cuenta Juan Justino Martínez González, el representante común de Copuda.

Sin agua no hay campo, y sin agua y campo no hay vida. Así que los campesinos desesperados de San Antonino cavaron pozos cada vez más profundos. “Llegamos a una profundidad de más de 30 metros…y le paramos porque chocamos ya con piedra. Hay una plancha de pura roca abajo y no se podía”, dice Juan Justino.

Al mismo tiempo que la población se preguntaba cómo sostener sus campos y familias, Conagua comenzó a endurecer su política hídrica en la región.

A finales del siglo 20, el organismo prácticamente obligó a los campesinos a obtener concesiones individuales para sus pozos. A principios del siglo 21, en el punto más álgido de la sequía, Conagua envió cartas a los concesionarios exigiendo que pagaran un excedente en el uso del agua. El organismo argumentó que el aumento del consumo de energía eléctrica, debido al uso continuo de bombas para acceder al agua escasa, indicaba que los agricultores también habían utilizado un excedente de agua. “Cosa que no fue cierta”, insiste Andrés, cofundador de Copuda, ya que prácticamente no había agua.

Mientras Conagua no hacía nada para garantizar el acceso al agua a la población, los campesinos se reunían para ver cómo salvar sus medios de vida. Andrés recuerda: “Nos reuníamos así en el campo. A la hora de sentarse en la sombra [nos preguntábamos]: ¿qué vamos a hacer? Veíamos todos nuestros campos secos. ¿Qué hacemos? ¿Para dónde vamos?”

Su primer “chiripazo” se inspiró en el exceso de agua que inundaba sus calles cada temporada de lluvias. Se preguntaron: ¿Cómo podemos aprovechar toda esa agua que se desperdicia? ¿Qué pasaría si pudiéramos llevar esta agua a nuestros pozos secos?  Decidieron excavar pequeños canales que dirigieran el agua de lluvia a los pozos abandonados. “Fue la necesidad y el hambre que los llevó a ir explorando, descubriendo y probando”, cuenta Andrés.

En 2007, estos pozos piloto habían dado sus primeros frutos: no sólo volvían a tener agua, sino que podían aguantar todo un medio día de riego.

Para 2008 el Ayuntamiento, a cargo de Juan Justino, apoyó la construcción de 66 pozos y 2 grandes retenes, con un costo de 2 millones 20 mil pesos.

Para 2010, los sembradores de agua de San Antonino habían recuperado sus pozos, y desde entonces han permanecido atentos para evitar que el nivel freático baje.

El desafío de la coadministración

Después de casi dos décadas de recuperar sus acuíferos gracias a la organización comunitaria de base y sin ayuda del gobierno, los representantes de Copuda ven oportunidades y retos en esta nueva etapa de coadministración con la Comisión Nacional del Agua.

Por un lado, los zapotecas apuestan por forzar a la dependencia a que por fin comience a cumplir con su obligación de salvaguardar el agua, en este caso reforzando el trabajo existente de Copuda mediante asistencia financiera, técnica y de infraestructura.

En particular, Copuda espera lograr un mayor conocimiento del estado actual de su acuífero al exigir que Conagua realice estudios actualizados del mismo. Esperan lograr un mayor ahorro de agua al procurar el apoyo del organismo para la construcción y mantenimiento de obras hidráulicas, así como para la tecnificación del riego en sus comunidades. Y esperan lograr una mayor participación, sobre todo de la gente que aún no quiere incorporarse a la concesión o labor colectiva, mediante la regulación de los usuarios por parte de Conagua.

Por otro lado, tienen serias dudas sobre la participación del organismo gubernamental en la administración del agua en sus comunidades.

En los últimos 6 años han lidiado directamente con la obstrucción de Conagua durante un proceso de consulta para revisar la veda de 1967. Actualmente la consulta, que fue ordenada por la primera Sala Metropolitana del Tribunal Federal de Justicia Fiscal y Administrativa en 2013, se encuentra en su quinta fase, de ejecución y seguimiento de los acuerdos, en la que se busca definir los términos de la coadministración.

Incluso en esta fase final, se arrastra la misma “pelea dura en que estamos hasta ahorita con Conagua”, asegura Juan Justino. “Porque Conagua todavía quiere ser el jefe del agua y nosotros no. [Aún] con este nuevo decreto que ya nos lo ganamos, ahorita Conagua todavía no quiere soltar el hueso. Ya tuvimos una reunión con ellos y todavía mencionan las concesiones [individuales], cuando nosotros ya no queremos [estas] concesiones”.

Por lo pronto, el representante se muestra esperanzado pero realista. “Si Conagua no comparte el trabajo, sabes que, mejor hazte a un lado y dejanos a nosotros”, concluye.

Elías Santiago, otro cofundador de Copuda, coincide: “Si Conagua cumple lo que se ha firmado y nosotros cumplimos con lo que firmamos…yo creo que va a caminar bien. Pero si Conagua no cumple entonces ahí va a ser lo duro.Porque Conagua siempre pone obstáculos en todos las mesas de diálogo que hemos tenido”.

Concluye Santiago que el decreto “trae su buena y su mala”, ya que “nos da derecho a administrar nuestra agua, que es nuestra de por si, no es de una instancia de gobierno. Lo que queremos es que nos respeten y que nos dejen trabajar a gusto, porque el agua nosotros la sabemos cuidar”. En ese sentido, lo más “importante es tener una concesión colectiva, para que así cualquier cosa que pase y Conagua quiere restringirnos, pues ya no va a pelear con uno solo, va a pelear con la comunidad”, entera.

En definitiva, si bien la Copuda espera finalmente obligar a Conagua a cumplir con su labor protegiendo el agua, el objetivo sigue siendo el mismo que ha motivado generación tras generación en el acuífero Xnizaa: fortalecer la organización comunitaria desde abajo para vivir en armonía con su territorio.

 “A partir del decreto yo siento que va a haber una unificación más amplia dentro de cada comunidad y dentro de todas las comunidades”, opina Andrés. “Lo que se siente primero es una tranquilidad para toda la comunidad, para toda la zona, y más allá de nuestra zona, de las comunidades que no están organizadas, porque ya vieron que realmente sí es posible que las comunidades administren el agua”.

Su voz, suave y a la vez firme, continúa: “La misma naturaleza nos va pidiendo a gritos que algo tenemos que hacer para que tengamos agua….Entonces el reto que tenemos ahorita es reforzar la organización y hacer más obras de captación. Si tenemos cien hay que llegar a mil, si tenemos mil hay que llegar a cien mil. Entre más captemos agua más riqueza vamos a tener en toda nuestra zona”.

Estos sembradores de agua insisten en que en todos los Valles Centrales y más allá, “esta es la tarea de todos los campesinos, trabajar para tener agua”.

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