martes, octubre 19, 2021
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Las excepciones al Título 42 no son suficientes para los solicitantes de asilo en El Chaparral, Tijuana

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En portada: Personas se encuentran a la espera de cruzar hacia los EEUU en el Campamento el Chaparral, ubicado en Tijuana, México. Foto de Irving Mondragón

Debido a varias políticas antimigrantes implantadas durante la administración de Donald Trump, miles de personas y familias de distintas nacionalidades que buscan solicitar asilo en Estados Unidos, han quedado varadas en el territorio mexicano. Desde febrero de 2021 –debido a la información confusa y mal difundida por parte del actual gobierno de Estados Unidos y México sobre la “apertura de la frontera”– en el cruce fronterizo de la ciudad de Tijuana, llamado el Chaparral, mejor conocido como San Ysidro, en Estados Unidos, se empezó a formar un campamento de personas migrantes que buscan solicitar asilo en el vecino del norte.El título 42 de salud pública de Estados Unidos –decreto sanitario para evitar la propagación de la pandemia de COVID 19– todavía impide que los solicitantes de asilo pisen territorio estadounidense, salvo contadas excepciones.


¡Por fin, hoy 14 de julio, se fue Evelyn!

El cuello erguido, la cabeza en alto y agitando sus manitas en señal de adiós, las hondureñas más bonachonas del campamento El Chaparral, Evelyn y su hija con cachetes de manzana, la Vale, ¡entran triunfantes a los Estados Unidos por el cruce peatonal de San Ysidro, Tijuana!

Ellas son parte de las personas extranjeras que continúan varadas en México y que quieren solicitar asilo en Estados Unidos. Y deben estar muy agradecidas de su mala fortuna, ya que por ser consideradas casos vulnerables en el territorio mexicano ¡las puertas al paraíso de las excepciones al Título 42 de salud pública de los Estados Unidos se les han abierto!

Este decreto de salud pública estadounidense –la última medida del gobierno de Trump para seguir expulsando y regresando migrantes a México sin procedimientos de deportación y sin oportunidad de solicitar asilo en ese país– fue invocado ilegalmente e implantado bajo el pretexto de detener la propagación de la pandemia de COVID-19 en Estados Unidos. Trump puso en marcha este decreto en marzo del 2020.  Y continúa con el actual presidente, Joseph Biden, pese a que, durante su campaña, prometió eliminar todas las medidas destinadas a impedir que los solicitantes de asilo pisaran suelo estadounidense.

Como Biden no ha eliminado el Titulo 42, en febrero de 2021, la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles (ACLU, por sus siglas en inglés) interpuso una demanda contra el gobierno del actual presidente -y otras también el año pasado, pero la demanda de febrero es específica para los solicitantes de asilo- ya que, en realidad, la invocación a este Título sólo ha servido para impedir que personas extranjeras de cualquier país lleguen a Estados Unidos por la frontera que comparte con México.

El Título 42 permite al gobierno estadounidense expulsar, inmediatamente, de su territorio, a las personas migrantes que llegan por México, sin tener que indagar, como la ley lo requiere, si la persona tiene algún temor de que su vida peligre si es devuelto a su país. Esto se hace bajo el pretexto de que la entrada de personas puede propagar el virus que causa la COVID-19. Y esto, de acuerdo con ACLU, no solo viola la Ley de Migración de Estados Unidos sino varias cláusulas sobre el debido proceso contenidas en la Constitución norteamericana.

Sin embargo, la demanda no prosiguió su curso. ACLU abrió negociaciones con el gobierno de Biden bajo la premisa de que, en algún momento, el Título 42 sería eliminado. Esto no ha sucedido. Y hasta esta fecha, lo que hay -fruto de esas negociaciones- es un acuerdo de que, a cuenta gotas, la administración demócrata de Biden permite ciertas excepciones al Título 42. Es decir, se acordó que las personas que quieren solicitar asilo en Estados Unidos y que están varados en la frontera con México podrán pasar a hacer su solicitud al territorio estadounidense si y solo si tienen o están en alguna condición de vulnerabilidad en México y cuentan con alguien quien los reciba en Estados Unidos.

En las negociaciones se acordó que estos casos serían identificados por un consorcio de organizaciones no gubernamentales que trabajaría a lo largo de la frontera sur de Estados Unidos y la frontera norte de México. Esto significa que el trabajo de identificación de casos debe hacerse de manera binacional.

Hasta la fecha, ya van tres veces que ACLU y la administración de Biden posponen o continúan las negociaciones. Da igual el término utilizado, ya que el Título 42 sigue operando y los solicitantes de asilo entran a cuenta gotas al territorio estadounidense después de un largo y confuso proceso de selección y espera.

Las excepciones en la práctica

Campamento El Chaparral. Foto de Irving Mondragón

Ya en términos de identificación de casos de excepción al Título 42, pues no hay un criterio unificado sobre qué es un caso vulnerable de una persona, pareja o familia que se encuentren en México y que quieran solicitar asilo en Estados Unidos. Y solo para poder entrar -repito, sólo para poder entrar y pisar el territorio de ese país- y solicitar asilo, no solo hay que ser un caso vulnerable. No, también es necesario hacer todo un trámite burocrático. Esto es, llenar dos formatos en inglés y tener un abogado de Estados Unidos. Esto no lo hacen las personas directamente, sino el consorcio de organizaciones que tienen la tarea de identificar, llenar y enviar los formatos de casos vulnerables de personas que quieren solicitar asilo en Estados Unidos, pero que se encuentran en México…

Y pues aquí viene la realidad.

En la ciudad fronteriza de Tijuana, México, en entrevista con Robert Vidal, miembro de la organización Vía Internacional que es parte del consorcio de ACLU, explica que

“concretamente, en el campamento El Chaparral, nosotros creamos una alianza que se llama, Chaparral Humanitarian Alliance, que comprende a Border Angels, APLA, Border Line Crisis Center, American Friends Service Committee y Psicólogos Sin Fronteras. Todos trabajamos en coordinación para el beneficio de las personas.”

Es decir, estas organizaciones se han encargado de identificar los casos vulnerables en el campamento y comenzar el proceso burocrático para que dichos casos puedan entrar a Estados Unidos. Robert explica “Mira el proceso está de la siguiente manera: ACLU es la cabeza de la demanda, entonces las diferentes organizaciones o abogados que desean y han hecho ese enlace con ACLU, tienen la oportunidad de enviar (vía correo electrónico) en un formato de ACLU, el caso de las personas, y ACLU, en cuanto los recibe, las mete a la patrulla fronteriza para procesar. El problema es que la patrulla fronteriza solo acepta cierta cantidad de encuestas, de formularios por día.”

Hay dos tipos de formularios que se deben llenar. Uno de ellos es de ACLU y el otro es el formato G-28. Ambos necesitan ser tramitados y enviados por un abogado estadounidense debidamente reconocido.

Después de llenados los formatos, el/la abogado(a) los envía a ACLU vía correo electrónico y ACLU los envía a la CBP. Después de que la CBP decide qué casos, en qué fecha y a qué hora van a entrar, la CBP le da esta información a los abogados y éstos, mediante llamada o mensaje de whatsapp, les informan a las personas su fecha y hora de cruce. Y esto puede tardar hasta tres o cuatro meses, pero en realidad no hay un tiempo de espera específico.

Los abogados, explica Vidal “lo único que firman es la G-28 para que ellos tengan acceso a la información. Tú como responsable de esa persona puedes darle seguimiento a ver qué pasó”, es decir, ya que la persona entró a los Estados Unidos, la CBP la retiene y las interroga antes de dejarlas en libertad. Solo el abogado que firma la forma G-28 puede preguntar a la CBP si todavía siguen interrogando a la persona o no. Vidal menciona que “quedando en libertad de continuar su viaje a donde vaya, ya de ahí es responsabilidad de la persona de contratar a un abogado para iniciar su proceso de asilo político.”

Evidentemente, para todo esto, se requiere que haya organizaciones del lado mexicano o binacionales para poder identificar a las personas vulnerables en México y den un mínimo de seguimiento a la gente que quiere solicitar asilo en Estados Unidos.

Pero ya en el terreno, por lo menos con la gente del campamento el Chaparral, todo este proceso se ha vuelto verdaderamente confuso. Y aquí viene lo complicado.

Las excepciones en el campamento

Campamento El Chaparral. Foto de Irving Mondragón

Entre la gente del campamento siempre ha habido una gran confusión sobre quiénes califican para entrar a Estados Unidos, para empezar. Entonces ¿realmente qué casos se consideran excepciones al Título 42 por considerarse vulnerables en el territorio mexicano? Bueno, dice Vidal “Esta es exactamente la excepción al Título 42: enfermedades graves, persecución severa aquí, no en Honduras, no en Guatemala, aquí en Tijuana”.

Pero, si uno ve ese campamento, toda la gente que está ahí, pues es vulnerable, y no solo porque duermen en carpas y ya no tienen baños ni agua, y estén rodeados de basura, y la situación sea completamente insalubre, sino también porque están siempre a merced de la delincuencia organizada que impera en nuestro país.

Evelyn, hondureña y madre soltera, esperó meses para poder cruzar. En el campamento ella aguantó de todo y se organizó con sus compañeros y la cocina colectiva apoyada directamente por miembros de Casa de Luz y otras organizaciones para mantener la convivencia. Pero después de que la cocina y su equipo, se vieron forzados a irse por agresiones a los colaboradores de la cocina, el caos estalló. Evelyn lo vivió. Primero el gobierno retiró los baños y luego hubo un brote severo de varicela y su hija, la Vale, se enfermó. Después de la varicela le dio una infección en la piel por estar en las condiciones insalubres del campamento y en ningún lugar la podían recibir así.

Entre todo esto, Evelyn ya se había acercado a la alianza del Chaparral. Preguntó y preguntó sobre su caso a “los abogados”, voluntarios de organizaciones y psicólogos y a todo Dios que se encontró, pero las respuestas siempre eran distintas. Ella no tenía certeza de que su caso había sido tomado en cuenta y si calificaba o no como “vulnerable”.

El día 24 de junio fui a ver a Evelyn y a la Vale con sus costras caídas de la varicela, pero seguía con infección de piel. Había una gran bulla porque un hombre haitiano había intentado violar a una de sus vecinas de carpa y varias mujeres andaban pidiendo ayuda para ver la forma de salir del campamento.

“¡Dejen de andar chispiando mierda!” Dijo un tipo sin dientes, medio rasurado de la cara y con lentes. “¡Ya saben que aquí si algo pasa me dicen y aquí se arregla!”

Las mujeres se callaron.

Y ese quién es. Le pregunté a una de las mujeres. Él es el Gato, es el que controla, me respondió.

-Vámonos de aquí Evelyn, mañana vengo por ti. Le dije a Evelyn mientras me miraba con los ojos sacados de órbita y terminaba de hacer la última baleada del desayuno.

Hay lugar para ti y tu hija en un albergue. Y es que la Evelyn, con todo y la Vale llena de costras, se resistía a irse de ahí. Y no porque no quisiera. Sentía que algo podía hacer por sus vecinas de carpa que no llevaban tanto como ella en el campamento. Mientras permanecía en el Chaparral, ella había logrado tejer unión con sus vecinas y se apoyaban y se ayudaban.

No sé si Evelyn reunía todos los requisitos de vulnerabilidad, pero la fuerza de su solidaridad dejó más que una carpa vacía en esa zona del campamento. Evelyn es la heroína de la Vale, y las baleadas de esa hondureña seguro serán las mejores vaya a donde vaya.

El gato

Al poco tiempo de que la cocina colectiva se retiró del campamento, el gobierno retiró los baños públicos, y esto agravó el problema de higiene, además de que la basura reina por todas partes. Como dije antes, hubo un brote de varicela y las infecciones de piel en los niños están a la orden del día. Para mediados de junio, la mayoría de las personas que habían iniciado el campamento y que habían logrado unirse y organizarse, ya habían cruzado a Estados Unidos, de los “viejos” como se autonombraron, quedaban pocos.

Pero el campamento siguió creciendo. Y también los conflictos entre las distintas poblaciones. En realidad, ya por esas fechas, mucha gente llegaba y llega a instalarse al campamento porque existe esta idea confusa de que estando ahí, “los abogados” o los “psicólogos” -porque así llaman a todos los miembros de las organizaciones que ayudan a identificar casos- los van a escuchar o a ayudar de alguna manera a cruzar. Entonces, la lucha por una carpa y un espacio en el campamento empezó a convertirse en un mercado lucrativo para la delincuencia local.

Frente al campamento hay una plaza de centros comerciales semi-abandonada. Ahí están las escaleras del puente internacional peatonal que une el centro de la ciudad de Tijuana con el cruce fronterizo, el Chaparral. Esa plaza está controlada por la delincuencia local. A ellos les gusta hacerla de autoridad. Y lo son. Durante el mes de junio, gradualmente, el grupo que controla esa plaza empezó a tomar el control del campamento.

Esto cuenta una mujer que digamos, se llama Sonia.

Ahora, si alguien quiere estar en el campamento hay que pagar “si quieres tu una carpa, debes de pagar como un alquiler. Varían los valores, la más grande y si vienes acompañada te cobran 1000 pesos, si viajas sola son 500 pesos por carpa por el tiempo que lo vas a necesitar y lo vas a estar pagando por mes. Sea como sea tú tienes que conseguir el dinero. El reglamento: no puedes meter un familiar u otra persona a tu carpa. El desayuno te lo venden en 20 pesos y el almuerzo en 10 pesos.”

Al que hay que pagarle es al Gato. Él manda todo el Chaparral y la plaza de al lado. Eso a Sonia y a varias personas entrevistadas, no les queda la menor duda. El impone las condiciones en las que vive la gente y las reglas que quiere. Cualquier pleito, conflicto, algo que se hable de más, alguien que salga del campamento por la noche sin avisar; se paga con golpes. La policía no se mete.

Hay gente dentro del campamento que el Gato utiliza para distribuir droga en la ciudad de Tijuana. Las preferidas son las chicas trans, porque la policía no las revisa. Repartir droga termina siendo la opción, Sonia comenta “Ahí te lo ponen, si quieres comer bien, quieres que te respeten lo debes de hacer sino vas a aguantar lo que todas aguantan, hambre, golpizas… ahí nadie se puede meter por nadie.”

Sonia y su pareja no tenían qué comer y a Sonia la querían obligar a vender droga, ella se negaba “¡Aquí no es de que tu quieras! Sino quieres hoy otro día vas a querer, espérate a que te apriete el hambre y ya verás como tú solita me vas a buscar para que te de.” Así le dijo la hermana del Gato cuando intentaba obligarla a ser repartidora de droga.

El campamento del Chaparral es una fuente de ingresos para la delincuencia local. La plaza y esa parte de la zona federal no está regida por las leyes del gobierno mexicano sino por las reglas del crimen organizado de esa parte de la ciudad de Tijuana. La policía, repito, no se mete.

Sonia me dice con coraje e indignación “Una desesperada, con hambre y la tratan mal a una, pues esa es la opción que ellos ponen que, si no lo haces por las buenas, entonces tu solita vas a ir donde ellos.”

No importa si alguien te manda dinero de Estados Unidos para comer, de cualquier forma, hay que pagarles algo de lo que te envían.

Al campamento la gente sigue llegando y los solicitantes de asilo se siguen acumulando en la frontera, mientras la delincuencia local manda, controla y lucra sin que el gobierno mexicano haga nada. Y la gente seguirá llegando y cayendo bajo el control del crimen organizado mientras las personas que quieren solicitar asilo no pueden pedirlo directamente en Estados Unidos.

Mientras, el Gato seguirá controlando el nuevo mercado de la vulnerabilidad.

Fechas, nombres y nacionalidades han sido cambiadas por seguridad de las personas que dieron su testimonio.

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