lunes, enero 18, 2021
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México: El INPI podría otorgar el consentimiento del uso de los saberes indígenas para su comercialización

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“Para nosotros como Nnancue Ñomndaa (Amuzgos), Gente de la Palabra del Agua, que habitamos este territorio, nos han enseñado el respeto, cuidado y continuidad del conocimiento en el telar de cintura. Es un saber que ha estado presente desde hace mucho tiempo, nadie sabe quien o quienes fueron las primeras abuelas que tejieron los primeros lienzos y en cual escribieron una forma de mirar el mundo. Sólo sabemos que es sagrado y que como mujeres nos corresponde seguir con la misma escritura, un saber que se aprende de madre a hija, parte de una educación cultural que transmite la mujer”,

nos comparten las mujeres tejedoras que conforman el colectivo Yolcuu Ñomndaa, en la comunidad de Suljaa’ (Xochistlahuaca), Guerrero.

Ellas, desde chiquitas, aprendieron todo el arte de tejer con telar de cintura, siguiendo todo el proceso desde la preparación del algodón natural, su teñido con tintes naturales hasta urdir y elaborar complejas tramas e iconografías para la creación de blusas, blusones, morrales, monederos, muñecas de tela, rebozos, huipiles, aretes…

Para ellas, tejer es arte y es resistencia. “Podemos seguir tejiendo porque nacimos herederas de este bello arte, nos corresponde hacerlo para que no muera nuestra palabra, nuestra forma de mirar el mundo, su flora, su fauna, su cielo, la tierra, los seres que habitan, los colores, el día la noche, lo que existe en nuestro alrededor, es lo que nos hace ser quiénes somos. Entonces, se trata de un saber que nos pertenece, que es parte de nuestra cultura, que nos da identidad como pueblo, que guarda nuestra historia”.

Fue una sorpresa cuando se enteraron que la senadora morenista y presidente de la Comisión de Cultura del Senado, Susana Harp, lanzó una propuesta llamada “Ley general de salvaguardia de los elementos de la cultura e identidad de los pueblos y comunidades indígenas, afromexicanas y equiparables”, la cual fue aprobada en el pleno del Senado con modificaciones, y turnada a la Cámara de Diputados el pasado 25 de abril. La propuesta podría ser aprobada en los días que vienen.

¿Proteger los derechos de los pueblos indígenas y afromexicanos?

Según Harp, su propuesta pretende modificar los artículos 157, 158 y 160 de la Ley Federal del Derecho de Autor, así como establecer una derogación del 159, a través de la cual busca que los pueblos tengan el derecho de decidir si elementos culturales que les pertenecen pueden ser reproducidos y por quien.

Los cambios a dicha ley implican principalmente que para utilizar las obras “literarias, artística, de arte popular o artesanal” de pueblos o comunidades indígenas, se les deberá pedir y obtener la autorización previamente, así como establecer un contrato de licencia de uso que incluya los términos de remuneración o el esquema de distribución de beneficios. La ley contempla la realización de listas con los elementos culturales de cada comunidad, las cuales serían resguardadas por los municipios y los estados.

Después de su modificación por el Senado, la propuesta de modificación también planea otorgarle el derecho a la Secretaría de Cultura o al Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas (INPI) de permitir el uso de los saberes indígenas a particulares cuando no sea posible identificar el dueño o los dueños de un diseño.

La propuesta llega tras plagios de bordados de pueblos originarios

La iniciativa surge después de la polémica acerca de la empresa de moda Carolina Herrera, quien utilizó diseños de pueblos originarios mexicanos en su colección Resort 2020. Unos de los bordados que se plagiaron pertenecen a la comunidad Otomí de Tenango de Doria, Hidalgo, otros a distintos pueblos del Istmo de Tehuantepec, Oaxaca, y los últimos retoman el estilo del sarape de Saltillo.

El caso de la empresa Carolina Herrera no es nada inédito, sino que es un caso más en el que una empresa de moda utiliza conocimientos propios de un pueblo para su beneficio. Según el registro de la organización Impacto – que trabaja con mujeres artesanas textil en Chiapas – entre 2012 y 2019 al menos 23 marcas de ropa nacionales e internacionales se han apropiado de diseños de pueblos indígenas de varios Estados del país. Entre ellas se encuentran la mexicana Pineda Covalin, la estadounidense Madewell, las españolas Mango, Desigual, Intropia y Zara (que tiene el récord de plagios) o las francesas Dior y Isabel Marant. La última se hizo famosa en 2015 por plagiar la blusa tradicional de la comunidad Ayuujk (mixe) de Xaamkëjxp (Santa María Tlahuitoltepec) en Oaxaca.

Todos esos casos pueden ser calificados de apropiaciones culturales: un grupo privilegiado (aquí empresas de moda) toman un elemento cultural de un grupo oprimido (los pueblos indígenas). El grupo privilegiado saca un beneficio del elemento robado mientras invisibiliza a sus autores y dueños originales.

Como lo explica Yásnaya Elena Aguilar Gil, linguïsta Ayuujk originaria de Tukyo’m (Ayutla), Oaxaca,

“a diferencia de otros fenómenos que se dan en el contacto entre culturas, la apropiación cultural indebida se enmarca en dinámicas asimétricas y prácticas coloniales; es más, la apropiación cultural misma es opresora: mientras que la cultura dominante actúa en contra de los que ejercen la cultura oprimida, al mismo tiempo toma de ésta elementos concretos para exotizarlos, extraerlos para su disfrute o, en el peor de los casos, sacar provecho económico”.

La propuesta criticada

La iniciativa de reforma de Susana Harp pretende justamente proteger a los pueblos indígenas y afromexicanos que habitan el territorio mexicano de la apropiación cultural. Sin embargo, el texto ha levantado muchas críticas.

Para muchos, el hecho de que el texto permita que la Secretaría de Cultura autorice el uso de un diseño “cuando no sea posible obtener el consentimiento del titular o exista duda sobre el mismo” es inaceptable. “Inquieta el asunto del consentimiento en su propuesta. Ninguna institución del Estado puede otorgar consentimiento para el uso de los saberes y conocimientos de los pueblos indígenas, no necesitamos esa tutela, muchos pueblos han luchado contra ella”, denuncia Yásnaya E. Aguilar Gil.

“¿Cuántos intentos tendrá que hacer el interesado en un diseño, por ejemplo, para encontrar de qué comunidad es, antes de que sea considerado imposible localizarla? Esta pregunta aplica si suponemos que a lo que se refiere el artículo respecto a “cuando no sea posible obtener el consentimiento” es a que no se localizó al pueblo o a las comunidades poseedoras de la obra, pero también podría entenderse que si no le dieron permiso, la Secretaría de Cultura se lo puede otorgar”, escribe Margarita Warnholtz Locht para Animal Político.

Como lo señalan las tejedoras de Suljaa’, el problema empieza por el simple hecho de que la propuesta haya sido diseñada desde arriba, sin la participación de las personas, comunidades, pueblos afectados.

“Somos un pueblo culturalmente tejedor, la mayoría de la población es originaria, y para las mujeres el trabajo principal es ser tejedora, en nuestro municipio existe un antecedente de mujeres que han representado a nivel nacional e internacional el saber colectivo del telar de cintura y han sido reconocidas a través de premios por parte de instituciones gubernamentales, entonces nos preguntamos, ¿Por qué si el Estado y sus instituciones tienen conocimiento de ello, no nos involucraron en este proceso? Acaso nosotras no tenemos mucho que decir para aportar en dicho papel? De qué manera van a resguardar según ellos, algo que en nuestro caso es sagrado e importante, si no estamos informadas de esta reforma? Por qué si se trata de una iniciativa impulsada desde el Estado y su 4ta transformación, no hubo un acercamiento hacia nosotras, no una sola, ni a una cooperativa, ni a todo el pueblo – porque se trata de un saber colectivo, no individual, se trata de un saber que tiene vida en todo el municipio – o acaso como somos indígenas lo que pensemos o digamos no tiene importancia y sólo retrasaría su dicha reforma? Nosotras nos preguntamos ¿a quien beneficiaria entonces esta ley? Por qué esa urgencia de tenerlo aprobado en próximos días si no es que ya lo aprobaron? ¿Por qué no hacer las cosas bien, por qué no informar a los pueblos que somos tejedoras, bordadoras? Para nosotras se trata una vez más de lo mismo, exclusión, racismo, paternalismo”,

denuncian

Ellas, como la lingüista Ayuujk y muchas otras personas se refieren al convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), el cual establece que “los gobiernos deberán consultar a los pueblos interesados, mediante procedimientos apropiados y en particular a través de sus instituciones representativas, cada vez que se prevean medidas legislativas o administrativas susceptibles de afectarles directamente”. La consulta debe de ser “previa, libre, informada, de buena fe y culturalmente adecuada”.

“Que se consulte a las comunidades y pueblos indígenas según parámetros establecidos en el Convenio 169 de la OIT. Es necesario que las voces de las comunidades indígenas sean escuchadas. Que la iniciativa de reforma a la Ley Federal del Derecho de Autor sea resultado de la consulta a las comunidades y pueblos indígenas. Que sea su voz la protagonista de esta reforma”, expresa Yásnaya E. Aguilar Gil.

Realizar una consulta sobre esa reforma supondría un cambio drástico con las consultas que ya ha llevado a cabo el actual gobierno en los primeros meses de su periodo, las cuales no han sido ni previas, ni libres, ni informadas, ni mucho menos de buena fe y culturalmente adecuadas. Podemos citar por ejemplo la consulta que se realizó en el Istmo de Tehuantepec acerca del proyecto de corredor Transoceánico o la consulta sobre el Proyecto Integral Morelos.

El Estado mexicano como principal apropiador

El problema de la apropiación cultural es un tema muy complejo, que no sólo implica la responsabilidad de empresas de moda, sino también al Estado mexicano y a la sociedad en su conjunto. Como lo señala la linguista Ayuujk, en realidad se da en México de manera casi cotidiana sin provocar mucha polémica ya que ocurre en un país marcado por lo que llama la “narrativa del mestizaje”.

“La narrativa del mestizaje fue creada por el Estado mexicano para tratar de crear una identidad cultural homogénea; de este modo, todas las personas que tienen la nacionalidad mexicana pueden utilizar los elementos culturales de los pueblos indígenas porque estos elementos han pasado a formar parte de algo llamado cultura mexicana”, expresa.

Es más, “el mismo Estado mexicano basa la mitología de su creación en elementos de los que se ha apropiado indebidamente; los símbolos aztecas son los más socorridos: el propio escudo de la bandera mexicana es una apropiación de un símbolo cultural nahua. Al mismo tiempo que el gobierno mexicano destinaba recursos públicos e intensas campañas a la desaparición de las lenguas indígenas, tomaba elementos de estas mismas culturas para crear esa mezcla artificial que hoy se llama “cultura mexicana”: un baile de esta cultura, los elementos gastronómicos de otra más los símbolos de estas otras.”

Hoy, mientras Susana Harp lanza su iniciativa de ley, el gobierno promueve el desarrollo de megaproyectos que llevan al despojo de pueblos indígenas a lo largo y ancho del país.

Y justo, para las mujeres de Suljaa’, la propuesta de Harp responde a la misma lógica extractivista que los megaproyectos: “Acaso no se trata nuevamente más de lo mismo, ya lo vienen haciendo con el territorio y los infinitos proyectos extractivos que se imponen, despojan, matan y destruyen supuestamente regulados desde el Estado. ¿Será que ahora ya vieron que aparte de explotar el territorio también se puede hacer lo mismo con los saberes colectivos de los pueblos originarios?”

La defensa de los territorios y la defensa de los saberes colectivos van entonces de la mano.

De hecho, el telar de cintura, como los conocimientos y diseños textiles de muchos pueblos originarios, tiene todo que ver con los territorios a los que pertenecen: sin territorio, no pueden existir los tejidos.

“El hilado de algodón natural, la extracción de tintes naturales y los tejidos, cada saber representa a su vez un universo, en donde existe una relación profunda con la naturaleza, el territorio y todos los seres que habitamos. Sin ello no hay creación, es uno solo, podemos hilar porque tenemos tierra y cultivo, podemos teñir hermosos colores porque tenemos una flora diversa en donde aun podemos encontrar en el monte o en el jardín del partió de la casa hojas, frutos, cortezas, semillas, raíces, minerales en donde podemos extraer tintes naturales”, expresan las tejedoras Nnancue Ñomndaa.


Fotos: del Colectivo Yolcuu Ñomndaa

Leer también Texto de Yásnaya Elena A. Gil, “El estado mexicano como apropiador cultural”

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