jueves, septiembre 24, 2020
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En EEUU, las naciones indígenas siguen resistiendo contra la asimilación forzada

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En EEUU, las naciones indígenas siguen resistiendo contra la asimilación forzada


Parte III

Por Eugenia López

Victoria Retasket es parte del Clan Indígena de Bonaparte de la Nación Shuswap de Cash Creek, Colombia Británica, Canadá, del lado de su mamá, y descendiente de los Turtle Moutain de la Nación Chippewa de Belcourt, Dakota del Norte, Estados Unidos, del lado de su papá. Nació en Canadá, pero vivió casi toda su vida en EEUU, entre Dakota del Norte y el Estado de Washington. Hoy, trabaja en la Universidad Indígena del Noroeste (Northwest Indian College), en la reserva indígena de la Nación Lummi en el Estado de Washington.

Ver parte II de este reportaje: Estados Unidos: Controla la sangre, la propiedad y la organización para controlar los territorios indígenas

Parte I: EEUU: las reservas y territorios sagrados indígenas amenazados por la extracción de recursos naturales

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La Universidad Indígena del Noroeste es la única universidad indígena acreditada para las y los estudiantes que habitan los estados de Washington, Oregon y Idaho, pero en realidad recibe estudiantes de todo el país, representando más de cien diferentes naciones originarias. La institución tiene como meta promover la autodeterminación de los pueblos a través de la educación superior y los conocimientos indígenas.

“Nuestros estudiantes ahora están obligados a tomar lo que llamamos clases de soberanía cultural, aprenden la diferencia entre derechos inherentes y adquiridos, aprenden historias de creación, aprenden sus árboles genealógicos, los valores de sus pueblos, sus comunidades. Eso sienta las bases para que puedan seguir aprendiendo toda su vida”, explica Victoria. También insiste sobre el éxito particular que está teniendo esa iniciativa entre los estudiantes: “Otras universidades indígenas e incluso otras universidades mainstream están diciendo: ‘¿Qué está haciendo la Universidad Indígena del Noroeste? ¿Por qué sus estudiantes tienen tanto éxito al graduarse, que vuelven a servir a sus comunidades y se convierten en líderes tribales, se convierten en agentes de cambio de la comunidad?’. Y yo pienso que todo tiene que ver con el trabajo de soberanía cultural que hacemos.”

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En realidad, esa política desarrollada por la universidad indígena a lo largo de los últimos años marca una ruptura fuerte con la mayor parte de las instituciones educativas por las que pasan los estudiantes indígenas a lo largo de sus vidas.

Sarah Shear es profesora en la Universidad Estatal de Pensilvania de Altoona. Obtuvo su doctorado en la Universidad de Missouri, después de haberse dedicado dos años a estudiar los estándares oficiales de enseñanza de la historia de los EEUU y de los pueblos originarios en las escuelas públicas estadounidenses. A lo largo de su investigación, pudo resaltar que los libros de historia de todo el país carecen drásticamente de contenidos en cuánto a la historia de las naciones originarias: el 87% de las referencias a los pueblos indígenas presentan hechos previos al año 1900 y los manuales siguen alimentando estereotipos hacia la población nativa. En Nebraska, por ejemplo, algunos manuales describen a los indígenas como flojos y borrachos.

“No vemos nada acerca de los tratados, los derechos sobre la tierra, los derechos sobre el agua. Nada sobre el hecho de que las Naciones siguen luchando para ser reconocidas y para su soberanía”, denuncia la académica. Shear también declara que “todos los Estados están enseñando que ‘el problema indio’ se resolvió de manera cordial” y que “lo que pasó era necesario para los Estados Unidos pudieran convertirse en lo que son”.

Christopher (así se identificó), indígena de la Nación Potawatomi, tuvo la experiencia de esa realidad y sigue marcado por ella: “Nunca jamás alguien me ha enseñado algo positivo sobre los pueblos indígenas. Sólo hubo un profesor en el séptimo grado, el señor Torres. Fue el único que leyó su libro y nos dijo lo contrario de lo que estaba escrito sobre los indígenas”, recuerda.

Hoy, las tasas de graduación para las y los estudiantes indígenas se encuentran entre las más bajas a nivel nacional. En los Estados donde viven la mayoría de los estudiantes nativos de EEUU y Alaska, menos del 50% se gradúan de la preparatoria, según datos del Proyecto de Derechos Civiles (The Civil Rights Project, 2010).

Otros estudios también demuestran que los jóvenes indígenas tienden a ser disciplinados más duramente que los demás alumnos. Así, según datos recopilados por el Congreso Nacional de Indígenas Americanos, aunque sólo representen el 1% de la población estudiantil, los indígenas sufren el 2% de los castigos y el 3% de los casos de conflictos en los que los agentes escolares terminan llamando a la policía.

Esos hechos no son casualidad sino que son la consecuencia directa del proceso histórico de colonización del país y del racismo que conlleva. El despojo de tierras, los desplazamientos forzados, las técnicas de control y de desmantelamiento de las formas de organización y de vida comunitaria fueron complementados por un largo proceso de imposición de estándares culturales euro-americanos, complementados por una criminalización activa de las prácticas y conocimientos ancestrales de los pueblos. ¿La meta? Debilitar a las naciones y hacer que sus miembros se incorporarán a la sociedad dominante, bajo el lema “Matar al Indio para salvar al Hombre”, según palabras del capitán Richard H. Pratt quien es conocido como pionero en el desarrollo de las políticas destinadas a “civilizar” a la población indígena del país. Esas políticas siguen teniendo efectos importantes en las comunidades y familias indígenas hoy en día, las cuales tienen que resistir para poder sanar y defender sus formas de educar a sus hijas e hijos, ser y vivir la vida.

La espiritualidad y ceremonias indígenas prohibidas

“Nos hicieron muchas cosas a través de la historia, una de ellas es que atacaron nuestra espiritualidad. Mientras proclamaban la libertad religiosa para los demás, transformaron nuestras prácticas espirituales en un crimen castigable con una sentencia de cárcel. Eso duró hasta el año 1978, cuando fue aprobada la Ley de Libertad Religiosa India (The American Indian Religious Freedom Act)”, comenta el Potawatomi.

La Ley de Libertad Religiosa India fue proclamada a finales del siglo 20 para legalizar las ceremonias y tradiciones espirituales de los pueblos y anular las diferentes leyes locales y estatales que prohibían esas prácticas. Antes de la ley, la Primera Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos – la cual ya prohibía la creación de cualquier ley que impidiera la práctica libre de una religión – no se aplicaba a la población indígena del país.

El gobierno estadounidense hizo formalmente ilegales las ceremonias consideradas “paganas” desde 1884. Las personas indígenas que participaban en alguna ceremonia espiritual arriesgaban una pena de 30 días de cárcel.

En 1892, el encarcelamiento se extendió a cualquier persona nativa que declarara públicamente sus creencias o practicara danzas tradicionales. Esa criminalización de la espiritualidad de los pueblos era considerada una etapa necesaria para destruir sus tradiciones y culturas propias y asimilarlos a las reglas de la sociedad colonizadora. La criminalización también era animada por el miedo que tenían los colonizadores a que se levantaran los pueblos y naciones, ya que muchas ceremonias eran conectadas a procesos de guerra y resistencia.

De hecho, la represión de la espiritualidad también se ha realizado con el uso de la violencia extrema. Así, el 29 de diciembre del año 1890, en 150 y 300 hombres, mujeres, niñas y niños de la nación Lakota fueron masacrados con armas de fuego en Wounded Knee, en la reserva de Pine Ridge, Dakota del Sur, mientras participaban de una danza suya, la danza de los espíritus.

En otras ocasiones, la criminalización fue más ‘sutil’: en las reservas, el gobierno estadounidense estaba obligado – por los tratados firmados con las naciones originarias a cambio de sus tierras ancestrales – a proporcionar algunos servicios y bienes tales como alimento, ropa, animales o herramientas agrícolas. Empezaron a establecer un sistema de chantajes y castigos en el que sólo distribuían lo debido a quienes dejaban sus tradiciones.

“Matar al indio para salvar al hombre” con la educación

 En la misma época fueron creados los primeros “internados para indios” (Indian boarding schools), con la meta de asimilar forzosamente a las niñas, niños y jóvenes indígenas a la cultura euro-americana. Ante la resistencia de los adultos a abandonar sus tradiciones, la iglesia y luego el gobierno decidieron enfocar sus estrategias hacia la juventud. “Educación en vez de exterminio se volvió la nueva política oficial”, señala un documento audiovisual producido en 1933, el cual también relata que con la creación de los internados, los millones de dólares atribuidos al presupuesto militar para la guerra en contra de las naciones originarias han sido reducidos a casi cero, para ser trasladados al sector educativo.

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El exterminio se refiere ahí a los primeros siglos de colonización del territorio estadounidense marcada por numerosas guerras contra las naciones originarias, pero también a la creación de las reservas indígenas, las cuales han sido estudiadas por la Alemania Nazi. El historiador ganador del premio Pulitzer John Toland escribió así en su biografía de Hitler:

“El concepto de Hitler de los campos de concentración, así como la realización del genocidio, debían mucho, según afirmaba, a sus estudios de la historia de Inglaterra y Estados Unidos. Estaba muy interesado en la forma en que la población india había disminuido rápidamente debido a las epidemias y la inanición cuando el gobierno de los Estados Unidos los obligó a vivir de las reservas. Pensaba que las migraciones forzadas de los indios por parte del gobierno estadounidense a grandes distancias a tierras de reserva estériles era una política deliberada de exterminio.”

“A Estados Unidos le gusta ponerse en un pedestal y pretender que es este hermoso lugar fundado sobre valores de libertad e ideas nuevas, pero nunca hablan sobre el genocidio estadounidense y lo que pasó aquí con nosotros como pueblos nativos”, denuncia Christopher.

Aunque la época de los internados haya sido presentada como una ruptura con un pasado más violento, la realidad histórica habla por si sola. De hecho, esa estrategia de aniquilación cultural sistemática es denunciada como genocidio cultural.

Entre el siglo 19 y el siglo 20, una multitud de internados fueron creados alrededor del país por las autoridades federales a través de la Secretaria de Asuntos Indígenas (Bureau of Indian Affairs). En 1885, 106 de ellos ya habían sido establecidos, principalmente en instalaciones militares abandonadas y con el uso de personal militar.

Los niños y las niñas eran retiradas a la fuerza de sus familias y mandadas a “estudiar” a kilómetros de distancia de sus hogares. Las reglas prohibían estrictamente que los niños hablarán sus propias lenguas, les obligaban a vestirse y peinarse al estilo “americano”, se les cambiaban sus nombres propios por nombres europeos, les obligaban a dejar sus creencias ancestrales por la religión cristiana y les inculcaban valores y formas de organizar del ejército. Además de la violencia de la asimilación, muchos niños sufrieron violencia física, acosos, abusos sexuales y psicológicos.

Así cuenta Christopher : “Se robaban a los niños de sus pueblos y se los llevaban en trenes de carga, así como trasladaron a los judíos a Auschwitz. Los golpeaban si hablaban sus propias lenguas, hasta tenían una cárcel y unas esposas chiquititas que les ponían cuando no respetaban sus reglas mientras los niños sólo querían seguir siendo quienes habían sido toda su vida. Decían que ningún niño menor de 9 años podía ser internado pero en realidad tenían hasta bebés ahí. Las peores cosas que pueden pasarle a un niño, sucedieron ahí. Los sacerdotes y monjas los violaban, los golpeaban, a veces hasta matarlos.”

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Además de lidiar con la severa disciplina, los estudiantes fueron devastados por enfermedades en los internados, en particular la tuberculosis. Muchos niños murieron bajo custodia. El Informe Meriam (The Meriam Report), realizado por Lewis Meriam a petición del Instituto para la Investigación de Gobierno (Institute for Government Research) y con financiamiento de la fundación Rockefeller en 1928, señaló que las enfermedades infecciosas solían generalizarse en los internados debido a la desnutrición, la sobre-población, las malas condiciones sanitarias y la debilidad física de los niños por exceso de trabajo. El informe señala que las tasas de mortalidad para los estudiantes nativos eran seis veces y media más altas que para otros grupos étnicos.

Los efectos todavía presentes en las comunidades

El traslado de niños, niñas y jóvenes a internados indios creció durante la primera mitad del siglo 20 y se duplicó en la década de 1960 para llegar su apogeo en los años 1970. En 1973, se estima que 60,000 niños indígenas estaban atendiendo algún internado. No fue sino hasta 1978 con la aprobación de la Ley de Bienestar Infantil (El Indian Child Welfare Act) que los padres nativos obtuvieron el derecho legal de negar la inscripción de sus hijos en escuelas fuera de sus reservas. Finalmente, la mayoría de los internados se cerraron en la década de 1980 y principios de los 1990.

Esa historia muy reciente es parte fundamental del presente de las familias y comunidades indígenas, ya que muchos de los niños que han pasado por esos internados en el siglo pasado son adultos hoy en día. Las consecuencias de las traumas que han vivido en su infancia siguen vigentes.

“Hoy en día, mucha gente sigue tratando de recuperarse de esa época. Algunos no lo han logrado. La historia de los internados es el punto de partida para entender de dónde vienen los problemas y la miseria en las comunidades indígenas el alcoholismo, las drogas, los suicidios…”, explica el Potawatomi.

Los efectos de esas políticas de aniquilación cultural no se paran con las generaciones que atendieron los internados, también afectan a las siguientes generaciones. Hoy en día, no es casualidad que la tasa de mortalidad por alcoholismo sea 514% más alta para la población indígena que para la población general. La tasa de suicido es más del doble, los adolescentes nativos siendo los más propensos a suicidarse. Los suicidios son la segunda causa de muerte para los jóvenes indígenas que tienen entre 15 y 24 años de edad.

“Sabemos que la mayoría de las cosas que están mal en nuestras comunidades provienen de traumas históricos. Y hasta que haya un esfuerzo generalizado para sanar eso y arreglarlo siempre tendremos que lidiar con eso”, señala el indígena de la Nación Potawatomi.

Victoria Retasket nos explica que si su mamá decidió irse de su pueblo y mudarse a EEUU, es justo por las graves consecuencias que sufrieron sus familiares que fueron mandados a internados – Canadá aplicó la misma política de internados que EEUU. “La razón por la que mi mamá se vino de Canadá a Washington fue porque es la menor de 11 y sus otros 10 hermanos fueron mandados a internados. Los efectos terribles de eso en sus hijos, en mis primos, todavía están presentes hoy en día, e incluso en sus nietos.”

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Victoria sabe que el hecho de que se haya ido su mamá le dio la fortuna de no tener que sufrir las consecuencias de los internados tanto como sus tías, tíos, primas y sobrinos. “Cuando pienso en la experiencia educativa que tuvieron, en todos los traumas que soportó la familia de mi mamá, sé que yo tuve otra oportunidad y que tengo que aprovechar eso”, precisa Victoria.

Por eso, cada día, se desempeña con su equipo para tratar de cambiar las condiciones educativas de sus estudiantes en la Universidad Indígena del Noroeste. “Para mí es increíble, cuando piensas en la historia de la educación, las universidades tribales tienen solo 30 o 40 años y en este corto tiempo hemos cambiado por completo la experiencia educativa de las naciones, desde la experiencia de los internados hasta el sistema de escuelas públicas – instituciones predominantemente blancas – a este conocimiento cultural donde la historia de los estudiantes importa, dónde sus raíces cuentan y son valoradas. A través de eso es como construimos naciones”, declara.

En cuanto a la educación pública del kinder a la preparatoria, el Estado de Washington deja ver algunas esperanzas también. En 2015, el Estado aprobó una ley que requiere la enseñanza de un programa llamado “Desde tiempos inmemoriales” (“Since time immemorial”) sobre la historia de las naciones originarias del Estado en todas las escuelas.

Para el Director de la Oficina de Educación Indígena, Denny Sparr Hurtado, miembro de la Tribu Skokomish, el objetivo general de esa iniciativa es “construir mejores relaciones y confianza entre las naciones, las autoridades estatales y las comunidades locales y, lo más importante, que nuestros niños nativos puedan estar orgullosos de quiénes son y de dónde provienen y de que todos los niños comprendan mejor nuestras naciones soberanas.”

“Aquí estamos algo innovadores. Es bastante nuevo y no es perfecto, pero es un comienzo que deja ver futuras mejoras”, expresa Victoria.

La resistencia también existe fuera de las instituciones

 Además de la esperanza que dan esas iniciativas en el sector educativo, cabe recordar que existen múltiples otras formas de resistencia más informales a lo largo del país. La transmisión de la historia oral de generación en generación es una de ellas: nunca ha parado a pesar de las violencias perpetradas por los gobiernos y, todavía hoy, es la fuente más potente y completa de conocimientos propios para los pueblos. “La historia oral comienza a ser transmitida por los ancianos a sus nietos desde que nacen. Les cantan ciertas canciones y cuentan ciertas historias durante toda su vida”, explica Christopher.

La historia oral es justo la base que utilizan él y su esposa para la educación de sus dos hijas. Como no tienen acceso a alguna escuela indígena cerca de donde viven, han decidido educarlas en casa. Además de los conocimientos básicos que proporciona cualquier escuela pública en matemáticas o literatura, dedican gran parte de su tiempo a transmitirles su historia. Y como señala Christopher, a la diferencia de la historia oficial que se construye sobre mentiras, es algo fundamental y honorable cargar con la verdad y respetarla cuando se trata de transmitir la historia oral.

“Como dijo Napoleón, ‘la historia es una mentira acordada por los ganadores’. Y Napoleón no hablaba de algo que otro le hubiera hecho a él, decía eso desde su perspectiva de ganador, porque sabía que en ese momento tenía el poder y que nadie lo podía parar. Con esa historia, no hay honor. Pero en nuestros sistemas propios, era honorable ser alguien que lleva la historia, era honorable tener esa responsabilidad. Y era deshonroso modificar la historia para su beneficio, es algo que no se hacía, que era tabú porque si haces eso no sólo le mientes a la gente, sino que también te mientes a ti mismo y a tus ancestros. Es muy sagrado aferrarse a esa verdad. Así que tenemos eso y lo valoramos y buscamos eso en nuestras propias hijas, queremos que sigan llevando adelante esas verdades”.

Si bien las comunidades y familias indígenas que habitan los Estados Unidos sufren mucha marginación y problemas internos, también traen en ellas la fuerza y los saberes propios que les permitirán salir adelante. “En las comunidades indígenas hay mucha disfunción, pero al mismo tiempo en ellas se encuentran conexiones hermosas, apoyo hermoso, espiritualidad, ceremonias y todo lo que viene con eso”, concluye el Potawatomi.

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